La estupidez como estrategia en marchas de Generación Z

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La estupidez como estrategia se ha convertido en un patrón preocupante en el panorama político nacional, especialmente cuando se trata de manejar las manifestaciones de la Generación Z. Esta juventud, nacida entre 1997 y 2012, representa una fuerza auténtica y organizada que busca cambios reales, pero sus convocatorias han sido manipuladas o malinterpretadas de formas que rayan en lo absurdo. En un contexto donde el gobierno federal y grupos afines pretenden liderar sin comprender el pulso de estos jóvenes, se evidencia un desacierto táctico que no solo devalúa sus esfuerzos, sino que expone las grietas en el régimen actual. Esta estupidez como estrategia no es un error aislado; es una táctica que, paradójicamente, fortalece la resiliencia de la juventud al revelar la desconexión de quienes detentan el poder.

El error en las convocatorias de marchas juveniles

Imaginemos programar una marcha a las 11 de la mañana en la glorieta del Ángel de la Independencia, con destino al Zócalo capitalino, justo en el horario del desfile militar por el aniversario del inicio de la Revolución Mexicana. Esta decisión, que parece salida de un manual de provocaciones fallidas, coincide además con una exposición histórica organizada por la Secretaría de la Defensa en la plancha del Zócalo. La estupidez como estrategia brilla aquí con toda su crudeza: involucrar al ejército y a la juventud en un mismo espacio y tiempo es como invitar a la colisión inevitable. Los jóvenes de la Generación Z, con su demanda por justicia social y educación accesible, no merecen ser reducidos a peones en un juego de ajedrez político tan torpe.

Pero la imprudencia no termina ahí. Paralelamente, se convocó otra manifestación en Ciudad Universitaria, el corazón neurálgico del estudiantado mexicano. En momentos de creciente violencia interna y agitaciones externas que buscan desestabilizar este centro de aprendizaje, esta llamada resulta no solo inoportuna, sino explosiva. La estupidez como estrategia se manifiesta en ignorar el contexto: la universidad no es un campo de batalla improvisado, sino un espacio de reflexión y resistencia. Al pretender involucrar al estudiantado en estas condiciones, los convocantes —o quienes los inspiran— demuestran una falta de empatía y visión que solo sirve para alejar a la juventud de causas genuinas.

Provocaciones que involucran al ejército y al estudiantado

Estas convocatorias llevan todas las marcas de una provocación deliberada. Ejército y estudiantado, dos pilares de la identidad nacional, chocando en un escenario cargado de simbolismo histórico. La estupidez como estrategia radica en subestimar el peso de estos elementos: el desfile no es mero espectáculo, sino un recordatorio de luchas pasadas, y la universidad no es un foro para experimentos políticos fallidos. Al desestimar la organización auténtica de la Generación Z, el gobierno y sus aliados se deprecian a sí mismos, revelando una desconexión profunda con las nuevas generaciones.

El rol del bloque negro y los granaderos en las manifestaciones

Volviendo al mitin del sábado anterior, un evento que por primera vez en años vio a los granaderos —esa fuerza policial capitalina supuestamente desparecida por decreto, pero viva en las calles— respondiendo con fuerza a los manifestantes. Tras más de dos horas de agresiones por parte del bloque negro, descrito como los nuevos halcones al servicio del régimen, la intervención policial no fue un triunfo, sino un síntoma de la estupidez como estrategia. Este grupo violento, que actúa como brazo ejecutor para reventar marchas incómodas, transforma el espíritu original de las protestas en caos controlado, beneficiando solo a quienes temen el cambio real.

La Generación Z, con su autenticidad y peso demográfico, ha logrado avances en visibilizar temas como la inseguridad en el transporte público y la precariedad laboral juvenil. Sin embargo, la intervención del bloque negro devalúa estos logros, convirtiendo un llamado pacífico en un pretexto para represión. La estupidez como estrategia se ve en cómo el gobierno permite —o fomenta— estas dinámicas, pretendiendo asumirse como dirigencia de los jóvenes sin entender su lenguaje ni sus demandas. Es un error táctico que, lejos de sofocar el descontento, lo amplifica, recordándonos que "no han ganado la guerra, pero tampoco la paz", como bien lo expresó Florestán en su lúcida reflexión.

Desacierto táctico y devaluación de logros juveniles

El impacto de la marcha sabatina fue significativo: miles de voces unidas contra la corrupción en el gobierno federal y la opacidad en Morena. Pero citar otra manifestación tan pronto, en un día tan simbólico, resultó en una devaluación inmediata. Solo 150 participantes se presentaron, custodiados por un amplio operativo policial que más parecía una exhibición de fuerza que una medida de seguridad. La estupidez como estrategia aquí es evidente: en lugar de construir sobre el momentum, se diluye en provocaciones que alejan a potenciales aliados. Los jóvenes, organizados y digitales, no caen en estas trampas; responden con memes y hilos en redes que exponen la torpeza del sistema.

Contexto histórico y la desconexión generacional

La Revolución Mexicana, conmemorado en ese desfile, fue un movimiento juvenil en esencia: estudiantes y obreros desafiando al poder establecido. Hoy, la Generación Z evoca ese espíritu, pero enfrenta un régimen que, bajo la Presidencia y secretarías de Estado, opta por la estupidez como estrategia en lugar del diálogo. Claudia Sheinbaum, como figura central, recibe críticas por no abordar estas tensiones con la profundidad que merecen, permitiendo que grupos como el PT violen reglamentos en San Lázaro para atacar a opositores como Rubén Moreira del PRI. Esta dinámica no solo polariza, sino que ignora lecciones históricas.

En Ciudad Universitaria, las agitaciones externas —posiblemente orquestadas por intereses que buscan desestabilizar— se suman a la violencia interna, haciendo de la universidad un polvorín. La estupidez como estrategia consiste en no reconocer que estos jóvenes no son manipulables; son conscientes, conectados y dispuestos a exponer hipocresías. Al pretender liderarlos sin empatía, el gobierno se aísla, depreciando su propia legitimidad en un país donde la juventud representa el futuro inmediato.

Referencias a figuras clave y eventos recientes

La frase de Florestán resuena como un eco de resistencias pasadas, recordándonos que la paz frágil es peor que la guerra abierta. En este marco, la estupidez como estrategia no solo afecta a la Generación Z, sino al tejido social entero, donde la Secretaría de la Defensa monta exposiciones que chocan con demandas de transparencia en seguridad pública.

Es doloroso ver cómo eventos como el regreso del buque-escuela Cuauhtémoc a Veracruz, tras la tragedia del 17 de mayo en Nueva York que dejó una cadete y un marino fallecidos, más 20 heridos, se convierten en fiestas protocolarias bajo la mirada de la presidenta Sheinbaum. Aunque merecen celebración, contrastan con la ausencia de duelo colectivo por figuras como Alfredo "Tito" Elías Ayub, un funcionario ejemplar fallecido recientemente, cuyo legado de integridad pública se echa de menos en tiempos de escándalos. En conversaciones privadas con colegas del periodismo, como aquellos que cubrieron el incidente del buque desde fuentes navales directas, se destaca cómo estos retales de la realidad nacional ilustran la desconexión: mientras se aplaude un retorno heroico, se ignora el vacío dejado por servidores honestos.

De igual modo, en los pasillos de San Lázaro, el incidente con el influencer del PT que violó el reglamento para atacar a Moreira no es anécdota; es síntoma de una estupidez como estrategia que permea el Congreso. Fuentes cercanas al PRI, en charlas off the record, lo ven como el colmo de la provocación partidista, un eco de los bloque negro en las calles pero en salones legislativos. La Generación Z observa todo esto, y su silencio calculado es más elocuente que cualquier grito.

Finalmente, al analizar estos eventos a través de lentes periodísticos independientes, como los reportes que circularon en círculos de analistas políticos sobre el mitin sabatino, queda claro que la estupidez como estrategia no gana batallas. Solo pospone el inevitable despertar de una juventud que, pese a todo, avanza con autenticidad y peso propio.