146 asesinatos por defender territorio en 2024

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Defensores ambientales y territoriales enfrentaron un año sombrío en 2024, con al menos 146 personas asesinadas o desaparecidas por su labor de protección de tierras y recursos naturales, según el último informe de una organización internacional dedicada a la vigilancia de estos casos. Este dato alarmante resalta la persistente violencia contra quienes custodian el planeta, especialmente en regiones vulnerables como Latinoamérica, donde la impunidad y los intereses económicos chocan con los derechos humanos y el medio ambiente. La palabra clave "defensores ambientales" se erige como un recordatorio urgente de la fragilidad de estos héroes anónimos, cuya lucha no solo salvaguarda ecosistemas sino también la supervivencia de comunidades enteras.

El informe, titulado "Raíces de resistencia", revela un patrón global de agresión que no cesa, sumando estas 146 víctimas a un acumulado de más de 2.253 casos desde 2012. Aunque el número de homicidios y desapariciones en 2024 es ligeramente inferior al de 2023, con 196 incidentes, la tendencia subyacente no invita al optimismo. En cambio, emerge un aumento en otras formas de represión, como detenciones arbitrarias y procesos judiciales fabricados, que buscan amordazar a los activistas antes de que su voz se eleve demasiado. Los defensores ambientales, indígenas en su mayoría, pagan el precio más alto: un tercio de las víctimas mortales pertenecen a pueblos originarios, un grupo que representa apenas el 6% de la población mundial pero que custodia el 80% de la biodiversidad global.

Latinoamérica: Epicentro de la violencia contra defensores ambientales

En el continente americano, la región que concentra el grueso de estos ataques, se registraron 117 homicidios relacionados con la defensa del medio ambiente y el territorio. Colombia lidera esta trágica estadística por tercer año consecutivo, con 48 casos documentados, muchos de ellos en zonas ricas en recursos pero azotadas por el narcotráfico y la minería ilegal. En Guatemala, el número asciende a 20, mientras que México reporta 18, y Brasil al menos 12. Estos países ilustran cómo los defensores ambientales se convierten en blancos fáciles cuando intentan frenar proyectos extractivos que devoran selvas y ríos.

La vulnerabilidad de estos protectores se agrava en contextos donde la delincuencia organizada, los sicarios y hasta servicios de seguridad privada actúan con impunidad. Según el análisis, 29 de los casos están ligados directamente a la minería, ocho a la explotación forestal y cuatro a la agroindustria. Más del 62% de las agresiones se centran en disputas por el acceso a la tierra, un recurso que no solo alimenta economías locales sino que sostiene la identidad cultural de comunidades indígenas. En México, por ejemplo, los defensores ambientales han denunciado cómo megaproyectos en la península de Yucatán o en Chiapas desplazan a poblaciones enteras, dejando un rastro de violencia que el Estado parece incapaz de contener.

Voces silenciadas: El impacto en indígenas y comunidades locales

Los pueblos indígenas, guardianes ancestrales de estos territorios, sufren desproporcionadamente. Un tercio de las víctimas globales en 2024 eran miembros de estas comunidades, destacando la intersección entre derechos territoriales y preservación ecológica. En Honduras e Indonesia, con cinco casos cada uno, se observa un patrón similar: la resistencia a la deforestación o la expansión de plantaciones termina en tragedia. Filipinas, con siete homicidios, completa el panorama asiático, donde los defensores ambientales enfrentan no solo balas sino también estigmatización legal.

Laura Furones, autora del informe, lo expresa con crudeza: "Año tras año, las personas que defienden el ambiente y el territorio padecen la violencia. Se les persigue, acosa y asesina, no por infringir la ley, sino por defender la vida misma". Sus palabras resuenan en un mundo que, paradójicamente, depende de estos esfuerzos para mitigar el cambio climático. Luchar contra la injusticia, añade, jamás debería equivaler a una sentencia de muerte. Esta perspectiva subraya la urgencia de mecanismos de protección internacional, como protocolos de la ONU para defensores de derechos humanos, que a menudo quedan en papel mojado.

Aumento de la represión legal: Una nueva arma contra los defensores

Más allá de los homicidios, el informe denuncia un escalada en el uso de sistemas jurídicos como herramienta de silenciamiento. Gobiernos acusan a los activistas de delitos graves como terrorismo o evasión fiscal, convirtiendo tribunales en arenas de intimidación. Rachel Cox, asesora de campañas en la organización, afirma: "Los gobiernos hacen uso de sus sistemas jurídicos como instrumento para silenciar a quienes alzan la voz en defensa de nuestro planeta". Esta táctica, combinada con el acoso constante, erosiona la capacidad de los defensores ambientales para operar, dejando territorios desprotegidos ante la avaricia corporativa.

En Latinoamérica, esta dinámica se ve exacerbada por la debilidad institucional. En Colombia, por instancia, las masacres contra líderes sociales no son aisladas; forman parte de un continuum donde el Estado prioriza inversiones extranjeras sobre la soberanía territorial. México, con sus 18 casos, refleja tensiones similares en la Sierra de Juárez o la costa del Pacífico, donde comunidades zapotecas y mixes resisten oleoductos y minas. Brasil, pese a sus 12 registros, muestra avances en políticas indígenas bajo gobiernos progresistas, pero la deforestación amazónica persiste como una herida abierta.

Llamados a la acción: Romper el ciclo de impunidad

La organización insta a gobiernos y empresas a desarticular estos sistemas de opresión, implementando salvaguardas reales para los defensores ambientales. Jani Silva, activista colombiana, enfatiza que la mayoría de estos protectores no eligen su rol; son empujados por amenazas directas a su hogar y familia. Garantizar su derecho a defenderse, dice, es esencial para que las comunidades ejerzan soberanía sobre sus tierras. Este enfoque holístico, que integra justicia transicional y monitoreo satelital, podría marcar la diferencia en un futuro donde el cambio climático amplifique estos conflictos.

El peso de estos números trasciende las estadísticas; habla de un planeta al borde, donde cada defensor ambiental caído es una pérdida colectiva. En 2024, los 146 casos no solo ilustran fracaso estatal sino también la interconexión entre violencia local y crisis global. Proteger a estos guardianes no es filantropía; es imperativo para la supervivencia humana.

Mientras se profundiza en estos datos, surge inevitablemente la referencia a informes previos que han cartografiado esta epidemia de violencia desde hace más de una década, permitiendo trazar líneas de tendencia que nadie puede ignorar. En conversaciones con expertos del sector, se menciona casualmente cómo organizaciones como las que lideran estos conteos anuales han colaborado con entidades multilaterales para visibilizar casos subreportados, enriqueciendo el panorama con testimonios directos de sobrevivientes. Finalmente, al cruzar esta información con análisis independientes de derechos humanos, queda claro que la impunidad no es un accidente, sino un engranaje deliberado en máquinas extractivas que devoran no solo tierras, sino esperanzas.