EE.UU. excluye a Colombia de lista antinarcóticos

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Excluye Colombia de la lista antinarcóticos de Estados Unidos, esta medida representa un golpe significativo para el gobierno de Gustavo Petro en su lucha contra el narcotráfico. El Departamento de Estado de la Administración Trump ha decidido retirar a Colombia, junto con Afganistán, Bolivia, Venezuela y Birmania, de la nómina de países que cumplen adecuadamente con los compromisos internacionales para combatir la producción y el tráfico de drogas ilícitas. Esta descertificación, anunciada el 16 de septiembre de 2025, se basa en un "incumplimiento manifiesto" durante el último año, donde los cultivos de coca y la producción de cocaína han alcanzado niveles históricos bajo la actual presidencia.

La decisión llega en un momento crítico para las relaciones bilaterales, ya que la certificación anual, que Estados Unidos realiza desde 1986, evalúa los esfuerzos de una veintena de naciones productoras o de tránsito de narcóticos. En el caso de Colombia, el informe oficial destaca que los intentos fallidos del gobierno Petro por negociar acuerdos con grupos narcoterroristas han exacerbado la crisis en lugar de mitigarla. Esto incluye diálogos con disidencias de las FARC que no se acogieron al acuerdo de paz de 2016, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Clan del Golfo, todos involucrados en actividades de narcotráfico que alimentan la cadena de suministro global de cocaína.

Impacto de la descertificación en la cooperación bilateral

La exclusión de Colombia de la lista antinarcóticos implica posibles restricciones en la asistencia y el intercambio de inteligencia entre Washington y Bogotá, aunque el Departamento de Estado ha aclarado que la ayuda a estos países sigue siendo "vital para los intereses nacionales de Estados Unidos". Sin embargo, el tono del anuncio es firme: cualquier nación que no asuma sus responsabilidades como origen o ruta de tránsito de drogas enfrentará "graves consecuencias". Esto podría traducirse en recortes presupuestarios para programas conjuntos de erradicación de cultivos o en mayor escrutinio a las importaciones colombianas, afectando no solo la seguridad sino también la economía de un país dependiente de las exportaciones agrícolas.

En los últimos meses, el gobierno colombiano ha intentado contrarrestar estas críticas con acciones concretas. Solo una semana antes del anuncio, una delegación de altos mandos del Ejército y la Policía Nacional, liderada por el general Carlos Fernando Triana, director de la Policía, viajó a Washington D.C. para presentar evidencias de sus logros. Triana enfatizó que en 2024 se incautaron más de 889 toneladas de cocaína, un récord que demuestra el compromiso operativo pese a las políticas de "paz total" impulsadas por Petro. No obstante, estas cifras no fueron suficientes para evitar la descertificación, lo que subraya la frustración de la Administración Trump con enfoques que priorizan el diálogo sobre la confrontación directa.

Razones detalladas detrás de la medida de EE.UU.

El informe del Departamento de Estado es explícito en sus reproches: bajo la presidencia de Gustavo Petro, los cultivos de hoja de coca han crecido de manera alarmante, superando incluso los picos registrados en décadas anteriores. Factores como la suspensión temporal de fumigaciones aéreas con glifosato y la lentitud en las extradiciones de capos del narcotráfico han sido citados como agravantes. Además, los esfuerzos por llegar a acuerdos con grupos armados ilegales se perciben en Washington como una concesión que debilita la presión sobre las redes criminales, permitiendo que el narcotráfico prospere en regiones remotas como el Catatumbo o la frontera con Venezuela.

Esta no es la primera vez que Colombia enfrenta presiones similares de su principal aliado en la lucha contra las drogas. Históricamente, el Plan Colombia, impulsado durante la administración de George W. Bush, inyectó miles de millones de dólares para fortalecer las instituciones y reducir la producción de cocaína. Sin embargo, en los últimos años, el balance ha sido mixto: mientras las incautaciones aumentan, los informes de la ONU y la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas de EE.UU. coinciden en que la disponibilidad de cocaína en las calles estadounidenses sigue en alza, con precios estables que indican una oferta abundante.

Implicaciones para la seguridad regional y el narcotráfico en Latinoamérica

La descertificación de Colombia de la lista antinarcóticos no ocurre en el vacío; forma parte de una estrategia más amplia de la Administración Trump para presionar a gobiernos de izquierda en la región que, según críticos, han suavizado su postura contra el crimen organizado. Países como Venezuela y Bolivia, también excluidos, comparten desafíos similares: en Venezuela, el colapso económico ha convertido al territorio en un corredor clave para el tráfico, mientras que en Bolivia, los cultivos de coca se justifican bajo argumentos culturales, lo que choca con las demandas de erradicación total de Washington.

En el contexto latinoamericano, esta medida podría tensar las dinámicas de cooperación en foros como la Organización de Estados Americanos (OEA) o la Iniciativa Regional Andina contra el Narcotráfico. Colombia, como principal productor mundial de cocaína, juega un rol pivotal en la contención de flujos que afectan no solo a EE.UU., sino también a México y Centroamérica. Expertos en seguridad advierten que una menor colaboración podría empoderar a carteles transnacionales, incrementando la violencia en zonas fronterizas y complicando operaciones contra lavado de activos en paraísos fiscales cercanos.

Posibles respuestas del gobierno Petro

Gustavo Petro, consciente de las repercusiones, abordó el tema en un consejo de ministros apenas una hora antes del anuncio oficial. En su declaración, el mandatario lamentó la descertificación de Colombia de la lista antinarcóticos, recordando las "decenas de muertos" entre policías, soldados y civiles en el esfuerzo por bloquear el flujo de cocaína hacia mercados internacionales. Petro defendió su enfoque de "paz total", argumentando que la militarización pura ha fallado en el pasado y que solo un desarrollo alternativo para comunidades cocaleras puede desmantelar el ciclo de violencia.

A pesar de esta postura, analistas sugieren que Bogotá podría verse obligada a ajustar su estrategia. Posibles pasos incluyen intensificar las fumigaciones manuales, acelerar extradiciones pendientes y fortalecer alianzas con agencias como la DEA para operaciones conjuntas. Sin embargo, estas concesiones podrían generar tensiones internas en un gobierno que ha priorizado la reconciliación sobre la represión, potencialmente erosionando el apoyo de bases progresistas.

La situación también resalta las tensiones geopolíticas en un año electoral en EE.UU., donde el tema del narcotráfico se usa para galvanizar votantes en estados clave como Florida. La Administración Trump ha prometido una ofensiva renovada contra el fentanilo y la cocaína, vinculando estos flujos a crisis migratorias y de salud pública. Para Colombia, reintegrarse a la lista requeriría "medidas agresivas", según el Departamento de Estado: erradicación masiva de cultivos, desmantelamiento de laboratorios y responsabilidad penal para beneficiarios del tráfico.

En términos más amplios, la descertificación invita a reflexionar sobre la efectividad de las políticas prohibicionistas en un mundo donde el consumo de drogas persiste pese a décadas de inversión. Mientras EE.UU. presiona por resultados inmediatos, voces en Latinoamérica abogan por enfoques regulatorios, como la despenalización del cannabis, que podrían reducir la rentabilidad del mercado negro. No obstante, para Colombia, el desafío inmediato es equilibrar soberanía con pragmatismo diplomático.

Como se detalla en reportes recientes de agencias internacionales, el panorama del narcotráfico evoluciona rápidamente, con datos de incautaciones que contrastan con las mediciones satelitales de cultivos. Fuentes especializadas en seguridad hemisférica han documentado estos patrones, subrayando la necesidad de datos compartidos para futuras evaluaciones. Además, observadores cercanos al proceso diplomático mencionan que conversaciones preliminares ya circulan entre embajadas, apuntando a posibles ajustes en el corto plazo.

En el mismo sentido, análisis de think tanks regionales destacan cómo medidas como esta influyen en la estabilidad andina, con énfasis en el rol de Venezuela como factor complicante. Estos informes, basados en inteligencia abierta, refuerzan la idea de que la cooperación, más que la confrontación, podría ser la clave para mitigar riesgos a largo plazo.