Rogelio Fusté: jazz entre tumbas regiomontanas
Rogelio Fusté comienza cada 2 de noviembre su ritual más emotivo: sacar el saxofón dorado y caminar hacia el Panteón Dolores de Monterrey. Allí, entre cientos de familias que colocan cempasúchil y velas, Rogelio Fusté se convierte en la banda sonora viva del Día de Muertos. Su primer soplido de jazz rompe el silencio sepulcral y abraza a quienes lloran y ríen al mismo tiempo.
Desde hace cinco años, Rogelio Fusté regala melodías románticas y standards de jazz sin pedir un solo peso. Los trabajadores del cementerio ya lo esperan; le abren la reja principal y le señalan el pasillo central donde más familias se concentran. Para Rogelio Fusté, cada nota es un puente entre Cuba y Nuevo León, entre su padre fallecido y los difuntos regiomontanos.
De La Habana al Panteón Dolores
Rogelio Fusté llegó a Monterrey hace 26 años con un clarinete bajo el brazo y un sueño en la maleta. Graduado del Conservatorio de La Habana, pronto dominó el saxofón y la flauta. Pero nada lo preparó para su primera visita al cementerio en Día de Muertos. “En Cuba no existe nada parecido”, recuerda Rogelio Fusté. “Allá el duelo es gris; aquí es un carnaval de colores”.
Aquella sorpresa lo marcó. Cuatro años atrás, un infarto le quitó a su padre, su primer maestro. Imposibilitado de viajar a la isla, Rogelio Fusté decidió honrarlo donde estuviera. El Panteón Dolores se volvió su altar portátil. Cada solo de “My Funny Valentine” lleva el nombre de su papá escrito en el aire.
Rogelio Fusté y la tradición que adoptó
Melodías que curan el alma
Las familias se acercan despacio. Una señora deja su ramo de flores para escuchar “Bésame Mucho” completo. Un niño pide “Cielito Lindo” y Rogelio Fusté lo transforma en balada lenta. Nadie aplaude al final; solo asienten con lágrimas contenidas. La música hace lo que las palabras no alcanzan: consuela.
Los custodios del panteón confirman que Rogelio Fusté es el único músico que regresa año tras año sin cobrar. “Es parte de nuestra tradición ya”, dicen. Y él responde: “Yo no toco para mí; toco para que los muertos bailen y los vivos recuerden”.
Una fusión cubano-regia única
Rogelio Fusté mezcla son cubano con northern jazz. Improvisa sobre “Contigo Aprendí” y desliza frases de “Take Five”. Los abuelitos tararean, los jóvenes graban con el celular. En minutos, el pasillo de mármol se convierte en sala de conciertos al aire libre. Rogelio Fusté cierra los ojos y siente que su padre aplaude desde algún lugar.
Este 2025 no fue distinto. Bajo un cielo nublado, Rogelio Fusté interpretó más de veinte temas. Familias enteras se sentaron en las bancas, compartieron pan de muerto y dejaron que el saxofón llenara los huecos que deja la ausencia. “Mientras tenga aire, volveré”, promete.
Por qué Rogelio Fusté se volvió imprescindible
En un mundo de playlists automáticas, Rogelio Fusté ofrece música viva, tocada a pulmón. Su presencia recuerda que el Día de Muertos no es solo ofrenda: es concierto, abrazo, catarsis. Los regiomontanos ya lo buscan en redes; niños le dibujan saxofones dorados; señoras le guardan tamales para el camino.
Periodistas de ABC Noticias lo entrevistaron entre tumbas y capturaron su frase más repetida: “La música no entiende de fronteras ni de muerte”. Fotógrafos de medios locales registraron cómo Rogelio Fusté se arrodillaba frente a una lápida anónima para dedicarle “Over the Rainbow”. Esas imágenes circularon toda la semana.
Al caer la tarde, Rogelio Fusté guardó el instrumento, se despidió de los custodios y caminó hacia la salida. Detrás quedaban flores frescas, velas encendidas y el eco de su saxofón flotando entre los cipreses. Mañana volverá a ser un músico callejero cualquiera; pero cada 2 de noviembre, Monterrey sabe que Rogelio Fusté es su ángel de jazz entre los difuntos.


