CNDH urge investigar tortura en Villagrán 2019

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Tortura en Villagrán sigue siendo un caso alarmante que expone las graves violaciones a los derechos humanos en operativos de seguridad en México. En marzo de 2019, durante el denominado operativo Golpe de Timón, una mujer fue detenida de manera violenta en su hogar en este municipio de Guanajuato, sufriendo agresiones brutales que incluyeron golpes, asfixia y amenazas. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) ha emitido una recomendación contundente para que las autoridades investiguen a fondo estos hechos, destacando la responsabilidad de la Secretaría de Marina (SEMAR), la Fiscalía General del Estado de Guanajuato (FGE) y la Secretaría de Seguridad y Paz del Estado (SSyP). Este incidente no solo revela la brutalidad en las acciones policiales, sino que subraya la urgencia de erradicar prácticas que atentan contra la integridad personal.

Detalles del caso de tortura en Villagrán

El suceso ocurrió el 5 de marzo de 2019, entre las 12:00 y las 13:00 horas, cuando la víctima se encontraba en la casa de su tía en Villagrán, Guanajuato. De repente, un estruendo de gritos irrumpió en la tranquilidad del lugar. Al asomarse, la mujer se topó con un despliegue impresionante de fuerzas: elementos de la Marina, policías federales, antimotines estatales y agentes vestidos de civil. Una oficial ministerial la señaló gritando “¡Es ella!”, iniciando así una secuencia de terror que marcaría su vida para siempre. La tortura en Villagrán no fue un acto aislado, sino parte de un patrón preocupante en operativos contra el crimen organizado.

La detención violenta y las agresiones inmediatas

Sometida por marinos y civiles armados, la víctima fue arrastrada y golpeada sin piedad. Los agresores, identificados por chalecos con la leyenda “MARINA”, la azotaron contra la pared en repetidas ocasiones y le propinaron un puñetazo en la nariz. Insultos y amenazas llovieron sobre ella: le advirtieron que le arrebatarían a sus hijos y la matarían si no confesaba su supuesta relación con José Antonio Yépez Ortiz, alias “El Marro”, líder de un cártel local. La desesperación creció cuando la obligaron a desnudarse de la cintura para abajo, instilando un miedo paralizante ante la posibilidad de una agresión sexual. “Ya diles lo que haces, di la verdad para que ya no te golpeen, para que tus hijos estén bien”, le espetó uno de los elementos, presionándola hasta el límite.

La tortura en Villagrán escaló a métodos sádicos: la asfixiaron con una bolsa mientras la sujetaban inmovilizada, recostada boca arriba, y le arrojaban cubetadas de agua de un tambo, sumergiendo su rostro en un simulacro de ahogamiento. Posteriormente, un marino la golpeó en los glúteos con una tabla, dejando marcas de dolor intenso que le impedían sentarse. Solo cesaron las vejaciones cuando, exhausta y aterrorizada, admitió haber participado en bloqueos, una confesión forzada bajo coacción extrema. Este tipo de abusos no solo destruye cuerpos, sino almas, dejando secuelas psicológicas profundas en las víctimas y sus familias.

Encubrimiento por parte de las autoridades

Una vez terminada la agresión, la vendaron los ojos con una pañoleta y la subieron a una camioneta gris custodiada por agentes de la Agencia de Investigación Criminal (AIC), ataviados con pantalones café, playeras azules y el distintivo AIC. En el trayecto y en la oficina posterior, el maltrato cesó, pero el daño ya estaba hecho. Al ser puesta a disposición a las 16:19 horas, los elementos de la AIC omitieron reportar las evidentes lesiones, argumentando falsamente que provenían de civiles o de la propia víctima en circunstancias ajenas. Este encubrimiento agrava la tortura en Villagrán, convirtiendo a la FGE en cómplice pasiva de las violaciones a los derechos humanos.

Recomendaciones de la CNDH ante la tortura en Villagrán

La CNDH, en su recomendación 194VG/2025, acreditó plenamente los hechos tras exhaustivas investigaciones. Exige a la SEMAR, FGE y SSyP una reparación integral del daño, incluyendo compensación económica y atención psicológica para la víctima. Además, insta a colaborar en la denuncia penal ante la Fiscalía General de la República (FGR) por el delito de tortura, así como en procesos administrativos contra los responsables. Tres servidores públicos clave en la puesta a disposición y el operativo son señalados como principales culpables, aunque la responsabilidad se extiende a toda la cadena de mando.

Para prevenir futuros abusos, la CNDH propone cursos obligatorios sobre la erradicación de la tortura y la emisión de circulares que recuerden el cumplimiento estricto de la Constitución y tratados internacionales. Estas medidas buscan transformar una cultura de impunidad en una de accountability, donde la tortura en Villagrán sirva de lección para reformar las prácticas de seguridad. Sin embargo, la respuesta de las autoridades ha sido tibia: la SSyP alega no haber recibido notificación formal, mientras la FGE guarda silencio, prolongando la agonía de la justicia.

Contexto del operativo Golpe de Timón y su impacto

La tortura en Villagrán está inextricablemente ligada al operativo Golpe de Timón, anunciado por el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador el 4 de marzo de 2019, apenas un día antes de la detención. Este despliegue conjunto buscaba desmantelar células criminales en Guanajuato, región azotada por la violencia del cártel de Santa Rosa de Lima, liderado por El Marro. En ese mismo mes, se capturó a la cuñada del capo, en medio de cateos masivos que generaron pánico en comunidades vulnerables. Aunque el objetivo era noble, los métodos empleados mancharon la operación, convirtiéndola en sinónimo de abusos sistemáticos.

La denuncia inicial de la víctima se presentó el 9 de mayo de 2019 ante la Fiscalía Especial para la Investigación del Delito de Tortura de la FGE, pero no fue hasta octubre de 2022, tres años después, que llegó a la CNDH. Este retraso evidencia las barreras que enfrentan las víctimas en un sistema judicial opaco y hostil. La tortura en Villagrán no es un caso aislado; refleja un problema endémico en México, donde miles de detenciones arbitrarias terminan en confesiones obtenidas bajo violencia, socavando la confianza en las instituciones.

Las implicaciones van más allá de la víctima individual: erosionan el tejido social en estados como Guanajuato, donde la inseguridad ya es rampante. Familias enteras viven con el temor constante de que un error de identificación lleve a horrores similares. Expertos en derechos humanos coinciden en que sin reformas estructurales, como el monitoreo independiente de operativos y protocolos estrictos contra la tortura, estos incidentes persistirán, perpetuando un ciclo de violencia estatal disfrazada de justicia.

En el expediente detallado de la CNDH, se describen con precisión las secuelas físicas y emocionales, como el ardor persistente y los desmayos postraumáticos, que la víctima aún padece. Reportes periodísticos locales, como los de AM, han dado voz a estos relatos silenciados, presionando por accountability. Mientras tanto, la ausencia de pronunciamientos oficiales de la FGE deja un vacío que alimenta la desconfianza pública.

Organizaciones civiles han destacado cómo la tortura en Villagrán ilustra fallas en la coordinación interinstitucional, donde la SEMAR asume roles policiales sin el entrenamiento adecuado en derechos humanos. Documentos internos de la SSyP, filtrados en debates sobre seguridad, sugieren que incidentes similares se minimizan para no empañar estadísticas de éxitos operativos. Esta opacidad no solo impide la sanción, sino que incentiva la repetición de abusos en zonas de alto riesgo.