Mátur’e: Camino al Mictlán transforma Moroleón
Mátur’e: Camino al Mictlán es la celebración que cada año convierte a Moroleón en el epicentro guanajuatense del Día de Muertos. Calles enteras se visten de cempasúchil y papel picado para guiar a las almas en su viaje al inframundo prehispánico. Este 2025, el festival desplegó más de un kilómetro de altares monumentales que brillan bajo la luz de miles de velas, creando un corredor mágico donde tradición y creatividad se funden en una sola experiencia.
Desde el primer paso por el centro histórico, Mátur’e: Camino al Mictlán envuelve a los visitantes en aromas de copal y pan de muerto recién horneado. Familias enteras recorren los altares dedicados a seres queridos, mientras grupos de danzantes con penachos y cascabeles recrean el tránsito por los nueve niveles del Mictlán. La palabra “Mátur’e” –que en purépecha significa “venida de los muertos”– cobra vida en cada esquina de Moroleón.
Altares monumentales que cuentan historias
Los altares monumentales son el alma de Mátur’e: Camino al Mictlán. Este año superaron los 40 metros lineales por ofrenda, con niveles que representan ríos de sangre, montañas que se juntan y vientos de obsidiana. Artesanos locales pasaron semanas tallando cráneos de azúcar y tejiendo tapetes de aserrín multicolor. Cada detalle –desde las calaveras de chocolate hasta las fotografías enmarcadas en flores– invita a recordar que la muerte es solo otro capítulo de la vida.
Niños pintados de catrines y catrinas corren entre las ofrendas, mientras abuelos explican el significado de los cuatro elementos: agua para saciar la sed del viaje, fuego para iluminar el camino, tierra en forma de frutas y viento con banderitas de papel que ondean al ritmo de la brisa nocturna. Mátur’e: Camino al Mictlán logra que generaciones enteras convivan alrededor de la memoria.
Gastronomía típica que despierta los sentidos
La gastronomía típica forma parte esencial de Mátur’e: Camino al Mictlán. Puestos alineados ofrecen mole de olla con xoconostle, corundas rellenas de frijol y tamales de ceniza envueltos en hoja de maíz. El olor del atole de cempasúchil flota en el aire, mezclándose con el dulzor de los alfeñiques moldeados como pequeños esqueletos sonrientes.
Una sorpresa este 2025 fue el taller de pan de muerto gigante: 200 kilos de masa horneados en vivo para repartir entre los asistentes. Cada bocado lleva esencia de azahar y anís, recordando que en Moroleón la comida es puente entre vivos y difuntos. Mátur’e: Camino al Mictlán demuestra que celebrar la muerte también es celebrar el paladar.
Música en vivo y danzas ancestrales
La música en vivo resuena desde tarimas improvisadas. Son huasteco, pirekua y sones de marimba se alternan con versos de calaveritas literarias recitados por estudiantes. Grupos de concheros giran al ritmo de tambores, sus plumas blancas contrastando con el negro de la noche. Mátur’e: Camino al Mictlán convierte el asfalto en tierra sagrada donde cada zapateado es una ofrenda.
El escenario principal acogió a la Orquesta Típica de Moroleón interpretando “La Llorona” mientras danzantes de viejitos saltaban entre círculos de fuego. Familias enteras aplaudieron cuando niños de primarias locales representaron el noveno nivel del Mictlán, donde las almas finalmente descansan. La fusión de ritmos prehispánicos y contemporáneos hace de Mátur’e: Camino al Mictlán un festival sonoro inolvidable.
Talleres culturales para todas las edades
Los talleres culturales son el espacio donde Mátur’e: Camino al Mictlán enseña a crear. Niños aprenden a tallar calabazas iluminadas, adolescentes pintan alebrijes de cartonería y adultos reviven la técnica del papel amate. Una estación especial este año permitió grabar mensajes de voz para colocar en QR impresos sobre las ofrendas: tecnología al servicio de la tradición.
El taller de catrinas vivientes reunió a más de 300 mujeres maquillándose con espejos de mano, transformando el parque Juárez en pasarela de elegancia macabra. Al caer la tarde, todas desfilaron hacia el altar central mientras el público lanzaba pétalos de cempasúchil. Mátur’e: Camino al Mictlán demuestra que aprender haciendo es la mejor forma de preservar el legado.
Exposiciones de arte efímero
Las exposiciones de arte ocupan portales y fachadas coloniales. Esculturas de sal y maíz representan a Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, mientras murales de aerosol narran el viaje del alma. Una galería al aire libre exhibe fotografías antiguas de panteones iluminados, conectando el Moroleón de 1950 con el de hoy.
Artistas invitados de Uriangato y Yuriria montaron instalaciones interactivas: espejos que distorsionan el rostro hasta convertirlo en calavera, túneles de luz negra donde brillan frases en náhuatl. Cada obra invita a reflexionar sobre la fugacidad de la vida. Mátur’e: Camino al Mictlán convierte el arte en diálogo con los ancestros.
Medios locales como La Silla Rota Guanajuato capturaron cada detalle del kilómetro de altares, destacando la participación de más de 5 mil personas en un solo día. Reportajes en Periódico Correo mencionaron el aumento de turistas provenientes de Querétaro y Michoacán, atraídos por la fama creciente del festival.
Crónicas publicadas en portales digitales de turismo coincidieron en que Mátur’e: Camino al Mictlán supera año con año las expectativas, consolidando a Moroleón como capital alterna del Día de Muertos en el Bajío. Fotografías aéreas tomadas por drones circularon en redes, mostrando el río de luz que forman las velas alineadas.
Testimonios recogidos por radio comunitaria revelaron que muchos visitantes regresan por tercera ocasión, atraídos por la calidez de los moroleonenses y la autenticidad de sus tradiciones. El festival cerró con una lluvia ligera que, lejos de ahuyentar, pareció bendecir el camino de las almas de regreso al Mictlán.


