No Kings representa un grito de libertad que resuena en Estados Unidos contra figuras como Donald Trump, pero en México, la autocracia se ha arraigado profundamente en nuestra historia y presente político. Esta palabra clave objetivo, No Kings, evoca la resistencia a los líderes absolutos, un concepto que ilumina las diferencias abismales entre las protestas vibrantes al norte del Río Bravo y la resignación silenciosa que permea nuestra nación. En un contexto donde Andrés Manuel López Obrador, AMLO, ejerce un poder que muchos ven como autocrático, surge la pregunta ineludible: ¿por qué no hay manifestaciones masivas contra la Cuarta Transformación, la 4T, similar a las que claman No Kings en ciudades norteamericanas? La autocracia en México no es un fenómeno nuevo; es un legado de siglos de sujeción que ha moldeado nuestra identidad cívica, desde los tlatoanis prehispánicos hasta los caudillos modernos.
El Contraste entre Protestas No Kings y la Pasividad Mexicana
En Estados Unidos, el movimiento No Kings ha cobrado fuerza como un rechazo visceral a cualquier atisbo de monarquía o liderazgo tiránico. Miles de personas salen a las calles de Nueva York, Los Ángeles y Washington, portando carteles y entonando consignas que recuerdan el espíritu fundacional de su nación: "Dadme libertad o dadme muerte". Donald Trump, con su estilo confrontacional y sus políticas divisivas, se ha convertido en el blanco perfecto para estas manifestaciones. Los opositores argumentan que su regreso al poder podría erosionar las checks and balances democráticas, instalando una autocracia disfrazada de populismo. Este fervor cívico no es casual; es el fruto de una cultura política forjada en la rebelión contra reyes y emperadores, donde la disidencia es no solo permitida, sino celebrada.
AMLO y la Ausencia de un Grito Similar
En México, sin embargo, la escena es radicalmente distinta. No Kings podría ser un lema perfecto para criticar la concentración de poder en manos de AMLO, quien ha sido acusado de socavar instituciones independientes mediante reformas judiciales controvertidas y el control de los medios públicos. La autocracia en México se manifiesta en la anulación del orden jurídico, donde el Ejecutivo impone su voluntad sobre el Legislativo y el Judicial, y en la captación de las fuerzas armadas para tareas civiles que van más allá de su mandato constitucional. A diferencia de Trump, quien enfrenta un escrutinio feroz de la prensa libre y el Congreso opositor, AMLO goza de una narrativa oficial que pinta cualquier crítica como "conservadurismo rancio". Palabras clave como Cuarta Transformación o 4T se usan para enmascarar lo que muchos analistas ven como un retroceso democrático, donde la dádiva clientelar reemplaza al debate plural.
Esta pasividad no es innata; es un producto histórico. Durante tres siglos de coloniaje español, el altar y el trono se aliaron para mantener a los súbditos en un letargo cívico. Los virreyes, enviados desde ultramar, gobernaban con mano de hierro, respaldados por la Iglesia que predicaba obediencia absoluta. La Independencia de 1810 prometía romper esas cadenas, pero en su lugar trajo una sucesión de caudillos: Agustín de Iturbide se coronó emperador, Antonio López de Santa Anna alternó entre dictaduras y exilios, y Porfirio Díaz instauró una dictablanda que duró más de tres décadas. Cada uno de estos líderes encarnaba la autocracia mexicana, un sistema donde el poder se hereda no por elecciones, sino por carisma y represión.
La Autocracia Mexicana: De Caudillos a la 4T
La Revolución de 1910 parecía augurar un cambio, pero incluso allí, figuras como Venustiano Carranza y Plutarco Elías Calles consolidaron un régimen hegemónico bajo el PRI que perduró setenta años. En este periodo, la autocracia se disfrazó de democracia: elecciones manipuladas, sindicatos controlados y una prensa complaciente aseguraban la perpetuación del poder. Hoy, con la 4T, AMLO ha revivido ecos de ese pasado. Sus mañaneras, monólogos diarios que duran horas, sirven como tribunal popular donde se lincha a adversarios políticos y se justifica la centralización del poder. No Kings sería un antídoto ideal contra esta dinámica, recordándonos que ningún líder, por popular que sea, debe aspirar a la monarquía absoluta.
El Rol de las Instituciones y las Fuerzas Armadas
Uno de los pilares de la autocracia en México es la destrucción paulatina de las instituciones democráticas. El Instituto Nacional Electoral, INE, ha sido blanco de ataques constantes, con propuestas de reforma que lo debilitarían en favor de comités afines al gobierno. La Suprema Corte de Justicia de la Nación enfrenta presiones para alinearse con la agenda oficial, mientras que organismos autónomos como la Comisión Nacional de Derechos Humanos son desfinanciados y desacreditados. En este panorama, las fuerzas armadas han sido captadas para roles no tradicionales: construcción de trenes, administración de aduanas y hasta distribución de programas sociales. Esta militarización del Estado evoca los tiempos de Santa Anna, cuando el ejército no solo defendía fronteras, sino que imponía la voluntad del caudillo.
La resignación mexicana ante la autocracia se nutre de un fatalismo cultural. "¿Manifestaciones en contra de la 4T? Nunca. ¿Resignación ante el régimen en turno? Siempre", como bien lo resume el análisis de un columnista experimentado. En lugar de protestas masivas, optamos por el sarcasmo en redes sociales o el exilio voluntario de intelectuales y periodistas. No Kings, en cambio, inspira a los estadounidenses a actuar colectivamente, recordando que la democracia no es un regalo, sino una conquista diaria. En México, necesitamos redescubrir ese espíritu, cuestionando no solo a AMLO, sino el patrón histórico que nos ata a líderes mesiánicos.
La influencia de caudillos como Porfirio Díaz se extiende más allá de su época; su modelo de modernización autoritaria inspiró a sucesores que priorizaron el orden sobre la libertad. Bajo la 4T, vemos paralelismos en proyectos como el Tren Maya, que avanza pese a oposiciones indígenas y ambientales, o la refinería Dos Bocas, símbolo de un desarrollismo que ignora la sostenibilidad. Estas iniciativas, aunque presentadas como transformadoras, refuerzan la autocracia al centralizar decisiones en Palacio Nacional, marginando voces locales. No Kings nos invita a imaginar un México donde el poder se distribuya, no se concentre, fomentando un federalismo real en lugar de la simulación actual.
Lecciones Históricas para Combatir la Autocracia
Para romper el ciclo de la autocracia en México, debemos mirar hacia atrás con ojos críticos. Los tlatoanis aztecas gobernaban con autoridad divina, un precursor de la monarquía virreinal que AMLO, irónicamente, critica en su retórica antiimperialista. Sin embargo, su propio estilo evoca a esos gobernantes absolutos: el "jefe máximo" que decide por decreto lo que el Congreso debería debatir. La Cuarta Transformación promete equidad, pero en la práctica, ha exacerbado divisiones, con programas sociales que funcionan como prebendas electorales, comprando lealtades en lugar de empoderar comunidades.
El Clientelismo como Herramienta Autocrática
El clientelismo es el pegamento de la autocracia mexicana. Desde las despensas del PRI hasta las tarjetas Soriana o los apoyos directos de la 4T, los gobiernos han usado dádivas para silenciar disidencias. En tiempos de inundaciones o desastres, como los que azotan el norte del país, las respuestas oficiales se limitan a distribuciones simbólicas, perpetuando la dependencia en lugar de invertir en infraestructura resiliente. No Kings rechazaría esta lógica paternalista, exigiendo accountability y transparencia en el uso de recursos públicos.
Imaginemos un México inspirado en el movimiento No Kings: plazas llenas de ciudadanos exigiendo reformas electorales justas, protección a la prensa libre y desmilitarización gradual del Estado. Tal escenario requeriría superar el letargo cívico heredado de siglos de opresión, fomentando educación cívica que enseñe no solo historia, sino acción colectiva. La autocracia prospera en la apatía; combatirlo demanda coraje, como el de aquellos que en 1968 tomaron las calles contra el PRI, o los que hoy, en menor escala, protestan contra megaproyectos extractivistas.
En las sombras de nuestra historia, fantasmas como el de don Fernando de la Peña y Dávila susurran arrepentimientos por duelos que destruyeron paces frágiles, recordándonos que el poder mal ejercido deja legados de resentimiento. Así, la autocracia de AMLO podría ser vista no como un triunfo, sino como otro capítulo en una saga de líderes que prometieron transformación pero entregaron más cadenas. Fuentes como columnas en diarios regionales, analizadas en profundidad por observadores independientes, destacan cómo esta resignación se entreteje con anécdotas cotidianas de corrupción y clientelismo, pintando un retrato vívido de nuestra realidad política.
Expertos en historia mexicana, consultados en publicaciones especializadas, coinciden en que la comparación con Trump no es caprichosa; ambos líderes usan el populismo para erosionar normas democráticas, aunque en México el proceso es más sutil y arraigado. Finalmente, relatos de damnificados por desastres naturales, recogidos en reportajes locales, ilustran cómo la autocracia falla en lo básico: protección social genuina, optando por paliativos que perpetúan el ciclo de dependencia.
