Reacción del Gobierno ante Inundaciones en Poza Rica

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Reacción del Gobierno se ha convertido en el clamor unánime de los habitantes de Poza Rica, Veracruz, tras las devastadoras inundaciones causadas por el desborde del río Cazones. Esta tragedia, ocurrida el 10 de octubre de 2025, ha dejado a miles de familias sumidas en el lodo y la desesperación, reviviendo los peores recuerdos del desastre de 1999. Más de 12 colonias, incluyendo Morelos, Floresta, Gaviotas, Lázaro Cárdenas, Palma Sola, México y Plan de Ayala, fueron arrasadas en cuestión de minutos por un "efecto pinza" que sorprendió a todos. El agua subió con una velocidad implacable, alcanzando alturas de hasta nueve metros en algunas zonas, superando en metro y medio el nivel de la inundación anterior. Vecinos como María Luisa López, de la Colonia Morelos, no pueden contener su frustración: "Nos dejaron solos. Uno solo, con ayuda de los vecinos, es como tratamos de limpiar. No es posible que no haya una reacción del Gobierno". Esta frase resume el sentir colectivo en una ciudad que clama por intervención inmediata y efectiva.

Inundaciones en Veracruz: El Desastre que Azotó a Poza Rica

Las inundaciones en Veracruz han marcado un antes y un después en la vida de los pozarricenses. Todo comenzó en la madrugada del viernes, cuando una tormenta intensa provocó que el nivel del río Cazones se elevara drásticamente. A las 2:00 a.m., el agua estaba tres metros por debajo del puente Cazones 1, pero para las 6:20 a.m., ya había alcanzado el arco del puente, con un ascenso de tres metros y medio en solo cuatro horas. El fenómeno se agravó por el desborde simultáneo de dos afluentes: uno en La Quebrada y otro en la Colonia Lázaro Cárdenas, creando ese temido "efecto pinza" que atrapó a las colonias vulnerables. El agua irrumpió por drenajes y calles como Pánuco en Palma Sola y avenida Puebla, derribando muros, arrastrando vehículos, ramas, troncos, rocas y hasta postes con cables eléctricos. En hogares humildes, el nivel subió hasta la cintura en apenas 11 a 15 minutos, dejando a familias sin tiempo para evacuar. Muebles, colchones, electrodomésticos y enseres fueron arrastrados por la corriente, convirtiendo casas en verdaderos naufragios.

El Trauma Revivido: Comparación con el 1999

Para muchos, esta catástrofe no es nueva, pero sí más destructiva. En 1999, las inundaciones ya habían devastado la zona, pero esta vez el agua rebasó esos niveles por al menos un metro y medio, llegando incluso a las azoteas en algunas viviendas. Una vecina anónima de Morelos, con lágrimas en los ojos, relató: "Mi esposo le subió como metro y medio en el 99; ahora tres metros hasta la azotea. La ventana del segundo piso quedó a la mitad". Arturo Arciega, un habitante conocedor de la topografía local, explicó el mecanismo del desastre: "El agua vino por dos lados. Uno es el brazo que alimenta el Complejo Procesador de Gas de Pemex, y el otro la desviación que baja hacia la Morelos. Cuando esos dos brazos se juntaron aquí, reventó todo. Fue como si el río cerrara una pinza sobre Poza Rica". Esta descripción gráfica ilustra cómo la geografía de la ciudad, combinada con la negligencia en el mantenimiento, convirtió una tormenta en una tragedia evitable. La falta de dragados desde mayo, cuando el río acumuló lirio y lodo, exacerbó el problema, permitiendo que el caudal se desbordara con mayor furia.

Críticas a la Reacción del Gobierno: Negligencia y Abandono

La reacción del Gobierno ha sido el epicentro de las críticas más feroces. A una semana del desastre, alrededor del 17 de octubre de 2025, las colonias afectadas seguían sumidas en el caos, con montañas de lodo, basura y escombros obstruyendo calles y accesos. No hay brigadas organizadas, ni maquinaria pesada para remover los desechos, ni pipas de agua potable para paliar la escasez. Los esfuerzos de limpieza recaen en los hombros de los vecinos, armados solo con cubetas y palas. Soldados, marinos y elementos de la Guardia Nacional se concentran en áreas visibles como el bulevar Ruiz Cortines, Lázaro Cárdenas e Independencia, dejando a las zonas más golpeadas en el olvido. Irene Morales Trujillo, vendedora ambulante en Palma Sola, describió el pánico inicial: "No había para dónde correr, la potencia del caudal con autos derribó el muro de la terminal de camiones, fue un miedo terrible, porque a cada paso el agua iba subiendo y traía de todo, muchas ramas, troncos, coches, rocas". Y remató: "Esto no fue una lluvia fuerte, fue un ataque del río". Su testimonio resuena en las demandas colectivas por una respuesta más contundente y coordinada.

Fallas en la Infraestructura y Alertas Tempranas

Una de las mayores fallas radica en la infraestructura obsoleta. El muro de contención, erigido entre 2001 y 2002 tras el desastre de 1999, no cubre completamente la zona vulnerable; falta un kilómetro para empalmar con el área de Pemex, lo que permitió la filtración del agua hacia colonias como Morelos y Floresta. Además, no existe un sistema de alerta temprana ni un mapa de riesgo actualizado. La única alarma disponible es la de Pemex, diseñada para riesgos industriales y no para emergencias civiles. Leticia Arciga, de la Colonia Floresta, relató su experiencia: "A la una de la mañana me habló un amigo que trabaja en Protección Civil. Me dijo: 'el río está subiendo'. A las tres y media ya estábamos saliendo de la casa, pero el agua ya se metía por los drenajes. A las seis, ya no había manera. Todo estaba perdido". Criticó duramente: "Aquí no hay protocolos. Las autoridades colocan a políticos sin experiencia, gente que no sabe leer un atlas de riesgo. La alerta se da cuando el agua ya te llega al cuello". Esta ausencia de preparación ha sido calificada como negligencia criminal por los afectados, quienes señalan que la tragedia era previsible dada la historia hidráulica de la región.

El desorden urbano agrava la situación. Construcciones irregulares en las riberas del río, como en La Quebradora, han proliferado sin reubicaciones efectivas, pese a que muchas familias han habitado allí por más de 30 años. La ciudad petrolera, con su Complejo Procesador de Gas de Pemex, ve cómo una represita de la empresa desvía el agua hacia zonas residenciales, potenciando el desborde. Adrián Cruz, encargado de una marisquería en Palma Sola, lo resumió sin ambages: "Esto no fue natural. Fue una mezcla de abandono, falta de dragado y desorden urbano. Desde mayo el río ya no se secó, nadie limpió el lirio ni el lodo". Estas palabras subrayan cómo la inacción acumulada ha convertido a Poza Rica en una bomba de tiempo ante eventos climáticos extremos.

Testimonios de los Afectados: Voces desde el Lodo

Los testimonios de los afectados pintan un panorama desgarrador de pérdida y resiliencia. En la Colonia Lázaro Cárdenas, Judith mencionó un "repartidero de culpas" entre autoridades, mientras Alfonso Gómez arremetió contra el alcalde: "Le llueve el agua y le llueven las críticas; no ha salido ni de su escondite". Julita García, de Floresta, exigió prioridades claras: "No hay estrategia, no hay dinero, no hay apoyo. Primero limpien calles y viviendas, y luego hagan el censo". Marcos Cabrera, de Morelos, alertó sobre la especulación post-desastre: "Una hora de retroexcavadora costaba 600 pesos; ahora cobran mil pesos la hora". Agustín, un operador de maquinaria, se quejó de los costos operativos: "Necesito todos los días 60 litros de diesel, y las llantas se ponchan dos veces al día, y estoy solo ¿cómo opero?". Julio López, de Palma Sola, monitoreó el ascenso minuto a minuto: "Cada 10, 20 minutos subía 10 o 20 centímetros. A las cinco de la mañana, ocho cincuenta llegó". Estos relatos no solo humanizan la tragedia, sino que exponen las grietas en la respuesta institucional.

Desaparecidos y Riesgos Sanitarios

Entre las sombras del desastre, se reportan desaparecidos: dos o tres personas en la Colonia Morelos, y un empleado de hotel arrastrado por la corriente. Los riesgos sanitarios acechan, con animales muertos flotando en el agua, como marranos en una carnicería local, y olores fétidos emanando del rastro durante la matanza. Familias temen infecciones, y la falta de cloro y cubrebocas agrava la vulnerabilidad. Francisco Loera, trabajador de Floresta, expresó su ira: "Mejor develó una estatua suya en el gimnasio municipal, el jueves 16 de septiembre, nomás que pase la tragedia la vamos a tirar". Esta sátira amarga refleja el hartazgo con figuras como el alcalde Fernando "El Pulpo" Remes, exjugador de béisbol criticado por su insensibilidad y por no invertir en infraestructura pese a su trayectoria deportiva.

La solidaridad vecinal ha sido el único faro en esta oscuridad. Comedores comunitarios y brigadas voluntarias, con camionetas particulares, distribuyen víveres entre los damnificados. Jóvenes y familias improvisan limpiezas colectivas, pero el consenso es claro: sin una reacción del Gobierno más robusta, estos esfuerzos son gotas en un océano de necesidades. La división operativa en "cinco áreas" entre Ejército, Marina, Gobierno estatal y Ayuntamiento ha resultado dispareja, con accesos restringidos y censos que priorizan sobre la remoción de escombros. Despensas con aceite, pero sin gas para cocinar, llegan a hogares donde ni siquiera se puede preparar una comida, intensificando la frustración.

A ocho días del evento, el 18 de octubre de 2025, la recuperación avanza a paso de tortuga. Vecinos excavan lodo con las manos, rentan maquinaria a precios exorbitantes y enfrentan divisiones en la ayuda. Familias "naufragando en casa ajena" exigen coordinación por calles y manzanas antes de cualquier censo o apoyo simbólico. En un recorrido por las zonas afectadas, se evidencia la ausencia gubernamental y la tenacidad comunitaria, pero también el ciclo vicioso de abandono en una ciudad propensa a desbordes hidráulicos. Como mencionaba Gregorio Bautista, testigo ocular del ascenso del río, "A las dos de la mañana el río estaba abajo; a las seis ya estaba al ras del puente", recordando que la previsión podría haber cambiado todo.

En conversaciones informales con residentes como Leticia Arciga, quien ha vivido allí 20 años, surge la comparación con eventos pasados, destacando cómo la falta de alertas post-1985, similares a las sísmicas, podría haber salvado vidas y bienes. Fuentes locales, como reportes de Protección Civil y observaciones de ingenieros de Pemex en reuniones recientes, confirman que un "jalón de orejas federal" ya se avecina por el manejo local y estatal del desastre. Mientras tanto, la furia y el cansancio se entretejen con escepticismo, urgiendo un plan de prevención que rompa con décadas de negligencia.

Judith y Alfonso, en charlas callejeras entre cubetas de lodo, repiten que el "repartidero de culpas" solo diluye responsabilidades, citando anécdotas de 1999 que circularon en asambleas vecinales. Julita García, organizadora de brigadas, alude a documentos municipales olvidados que prometían muros completos, subrayando la brecha entre palabras y hechos en la gestión de riesgos hidráulicos.