Tiempo de la Creación representa un llamado profundo a la reflexión y acción en el mundo actual, donde la interdependencia con todas las criaturas nos invita a reconocer el amor divino en cada elemento de la naturaleza. Este período, que se extiende durante el mes de septiembre, nos recuerda la oración inspirada por San Francisco de Asís, patrono de la ecología, para que experimentemos nuestra conexión esencial con el entorno. Desde las páginas del Génesis, donde Dios declara la Creación "muy buena", hasta la visión apocalíptica de un cielo nuevo y una tierra nueva, el Tiempo de la Creación nos urge a cultivar gratitud y cuidado. En un contexto de crisis ambientales globales, esta iniciativa eclesial fomenta una conciencia que une fe y responsabilidad ecológica, destacando cómo el amor por el Señor se manifiesta en el respeto a su obra.
La Oración como Puerta al Tiempo de la Creación
En el corazón del Tiempo de la Creación, la oración emerge como un acto de contemplación que transforma nuestra percepción del mundo. Inspirados por el Papa León XIV, oramos para sentir la interdependencia con todas las criaturas, amadas por Dios y dignas de respeto absoluto. Esta súplica no es mera devoción; es un reconocimiento de que cada célula de nuestro cuerpo, cada hoja de un árbol, forma parte de un tapiz divino. El Salmo 24 nos lo afirma con claridad: "Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y los que lo habitan". Así, el Tiempo de la Creación nos invita a una gratitud diaria, a ver la herencia natural no como posesión, sino como un préstamo sagrado que debemos nutrir para las generaciones venideras.
Gratitud y Petición en la Reflexión Bíblica
La reflexión bíblica en el Tiempo de la Creación comienza con el Génesis, donde la Creación se presenta como un don rebosante de bondad. Dios no solo crea, sino que contempla y bendice su obra, declarándola "muy buena" en cada etapa. Esta narrativa fundacional nos enseña que el Tiempo de la Creación es un eco de esa bendición primordial, un momento para agradecer por la biodiversidad que sostiene la vida humana. Al mismo tiempo, es una petición humilde por sabiduría para custodiar este legado, evitando el descuido que lleva a la degradación ambiental. En este sentido, el Tiempo de la Creación se convierte en un puente entre el pasado sagrado y el futuro esperanzado, recordándonos que nuestro rol es de guardianes, no de explotadores.
Jesús y su Amor Encarnado por la Creación
El Tiempo de la Creación encuentra su expresión más viva en la figura de Jesús, enamorado de la obra de su Padre. Sus parábolas y milagros revelan una intimidad profunda con la naturaleza, desde la semilla de mostaza que simboliza el Reino de Dios hasta la multiplicación de los panes y los peces que transforma lo escaso en abundancia. Jesús, en sus encuentros a orillas del lago o en la cima de montañas, nos muestra que el Tiempo de la Creación es un espacio para redescubrir a Dios en lo cotidiano. Su gozo por la oveja encontrada no solo celebra la misericordia, sino también el valor práctico de la Creación, como la lana que abriga en inviernos rigurosos. Así, el Tiempo de la Creación nos llama a imitar este amor, trabajando la tierra con manos que bendicen en lugar de saquear.
Milagros que Iluminan el Cuidado Ambiental
Los milagros de Jesús durante el Tiempo de la Creación narrado en los Evangelios son lecciones vivas de transformación ecológica. La conversión del agua en vino en Caná no es solo un signo de alegría, sino una afirmación de que la Creación pura puede elevarse a lo sublime mediante el amor humano. De igual modo, la multiplicación de los peces y panes subraya cómo el buen trabajo humano, alineado con la voluntad divina, produce más y mejor para todos. En el Tiempo de la Creación, estos relatos nos inspiran a ver la naturaleza no como recurso pasivo, sino como socia activa en la construcción de una humanidad más justa y sostenible. Jesús, al elegir escenarios naturales para sus enseñanzas, nos recuerda que el Tiempo de la Creación es un tiempo de encuentro, donde la fe se enraíza en la tierra fértil.
La Dimensión Profética del Tiempo de la Creación
En el Tiempo de la Creación, la voz profética resuena con fuerza, denunciando el mal uso de la naturaleza que genera desigualdad y marginación. Como Isaías, Jeremías, Oseas y Amós, Jesús critica el abuso de la Creación para enriquecer a unos pocos a costa de los vulnerables. Sus palabras en Lucas y Mateo son un clamor contra los ricos que acaparan recursos, dejando a los pobres en la miseria. El episodio de la purificación del Templo, donde Jesús expulsa a los mercaderes, ilustra cómo la religión no debe servir a intereses económicos que contaminan lo sagrado. El Tiempo de la Creación, por tanto, es un llamado profético a rectificar estos desequilibrios, promoviendo una ecología integral que priorice la justicia social.
Denuncia contra la Inequidad y el Consumismo
La denuncia profética en el Tiempo de la Creación se centra en cómo el consumismo desenfrenado y el modelo económico dominante devastan la Tierra y excluyen a los marginados. Jesús, con su enojo ante la hipocresía de los poderosos, nos urge a cuestionar prácticas que convierten la Creación en mercancía. En este período dedicado al cuidado ambiental, reflexionamos sobre cómo la cultura del descarte no solo desecha objetos, sino personas enteras. El Tiempo de la Creación nos desafía a escuchar este grito profético, integrando la defensa de la naturaleza con la lucha por los derechos de los pobres, para forjar un mundo donde la abundancia sea compartida y no acaparada.
El Legado de Laudato Si' en el Tiempo de la Creación
Hace una década, el Papa Francisco enriqueció el Tiempo de la Creación con su encíclica Laudato Si', un documento que une inseparablemente el cuidado de la casa común con la justicia hacia los excluidos. En este texto visionario, se denuncia cómo los pobres sufren desproporcionadamente la crisis ambiental, pagando el precio de un sistema que prioriza el lucro sobre la vida. El Tiempo de la Creación, iluminado por Laudato Si', nos invita a un planteo ecológico que siempre sea social, escuchando el clamor de la Tierra y el de los pobres. Esta integración ha sido elogiada incluso por expertos seculares, reconociendo su profundidad en vincular ecología y equidad.
Justicia Social y Ecología Integral
La ecología integral propuesta en Laudato Si' durante el Tiempo de la Creación transforma nuestra comprensión del cuidado ambiental. No se trata solo de preservar bosques o ríos, sino de erradicar las raíces de la inequidad que contaminan tanto el planeta como las sociedades. El Papa Francisco, fiel a la tradición profética de Jesús, enfatiza que un verdadero cambio ecológico debe incluir reformas económicas y culturales. En el Tiempo de la Creación, esta visión nos motiva a acciones concretas: reducir el consumismo, promover la sostenibilidad y abogar por políticas que protejan a los más vulnerables. Así, el Tiempo de la Creación se erige como un faro de esperanza, guiándonos hacia una Tierra renovada donde la justicia florece junto a la naturaleza.
El Tiempo de la Creación culmina en visiones poéticas que nos elevan el espíritu, como aquellas que imaginan un mundo sin muros ni lágrimas estériles, donde cada gesto de amor hace florecer el don divino. En Chihuahua, la presencia del sacerdote jesuita José Ma. Rodríguez Olaizola el próximo 22 de noviembre promete profundizar estas reflexiones, conectando la tradición bíblica con desafíos contemporáneos. Tales encuentros, inspirados en el magisterio papal, nos recuerdan cómo el cuidado de la Creación trasciende lo individual para convertirse en un movimiento colectivo de transformación.
Al cerrar este período, es inevitable evocar las raíces bíblicas que sustentan el Tiempo de la Creación, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pasando por las parábolas de Jesús que tanto han influido en interpretaciones teológicas modernas. Expertos en ecología cristiana, al analizar estos textos, destacan su relevancia atemporal para abordar la crisis climática actual.
De manera similar, la encíclica Laudato Si' del Papa Francisco, publicada hace diez años, ha sido referenciada en numerosos foros ambientales como un hito que une fe y ciencia, según observaciones de organizaciones eclesiales y seculares por igual. Este documento, con sus numeradas reflexiones sobre el clamor de la Tierra, sigue guiando iniciativas globales de sostenibilidad.
Finalmente, la poesía de Rodríguez Olaizola, con su evocación de una Tierra nueva, resuena en antologías de espiritualidad ecológica, recordándonos casualmente cómo voces como la suya, arraigadas en la tradición jesuita, continúan inspirando a comunidades locales en eventos como el anunciado en Chihuahua.


