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El Gilito y la matanza familiar en Carretas

La matanza en Carretas ha sacudido los cimientos de un pueblo chihuahuense donde las rivalidades familiares se entretejen con sombras criminales. Este suceso, ocurrido en la madrugada del 15 de septiembre de 2025 en San Nicolás de Carretas, también conocido como Gran Morelos, deja un saldo de seis muertos y varios heridos, revelando no solo un ajuste de cuentas doméstico, sino una trama que huele a política y crimen organizado. La balacera estalló durante las fiestas patronales, en medio de un ambiente festivo que se tornó letal, con casquillos de nueve milímetros y calibre .223 esparcidos como evidencia de armas que van más allá de un pleito de borrachos.

Las Fiestas Patronales que Terminaron en Sangre

En Gran Morelos, las celebraciones del tercer domingo de septiembre, el 14, prometían ser un respiro tras semanas de luto y tensiones. La corrida de toros, planeada por el alcalde Óscar Luis Miramontes Pérez, apodado "Kilín", fue suspendida por orden judicial federal, con amenazas de intervención de la Guardia Nacional si se insistía. Sin embargo, el detonante previo ya había teñido de negro el panorama: el sábado anterior, Ricardo Duarte, jefe de la Policía Municipal, mató a balazos a su esposa Julissa Gutiérrez. Alegó accidente, pero los tres impactos en el cuerpo de la víctima contaban otra historia. Duarte, ahora procesado y recluido en el Cereso de Aquiles Serdán, dejó al pueblo en duelo, justificando la cancelación de la fiesta brava.

A pesar de todo, "Kilín" no cejó. Optó por una carrejoneada que inició al atardecer y se prolongó hasta la madrugada, regada con cerveza de proveedores cercanos al poder local. Pasadas las dos de la mañana, en una tertulia de trasnochados, surgió el chispa fatal. Gilberto Gutiérrez Jr., "El Gilito", hijo del exalcalde Gilberto Gutiérrez Montes, apuntó con su escuadra a la cabeza de su primo Edmundo Aníbal Gutiérrez Ponce. El reproche de Aníbal por comentarios inoportunos desató la furia de "El Gilito", conocido por su temperamento "pasadito" desde la era de su padre en la alcaldía. Jaló el gatillo, y en segundos, pistolas y rifles respondieron en una refriega caótica, según reconstruyen investigadores de la Fiscalía del Estado de Chihuahua.

Víctimas y el Caos de la Noche

La matanza en Carretas cobró vidas de parientes directos: además de Aníbal, cayeron Socorro y Asís Gutiérrez, primos entre sí y hermanos de otros implicados. Gilberto Arana y José Gutiérrez parecieron víctimas colaterales, atrapados en el fuego cruzado junto a jóvenes que buscaban solo diversión. Heridos por rozones fueron atendidos in situ, mientras otros eran evacuados a hospitales en Chihuahua capital. El pánico se apoderó del pueblo: testigos se guarecieron en callejones y tapias, familias esperaban angustiadas el fin del tiroteo, y al amanecer, los cuerpos yacían aún en el polvo, bajo el sol incipiente.

No eran armas de rancho para ahuyentar coyotes; los rifles calibre .223 violan leyes federales, portados con impunidad en trocas y cintos, como si fueran extensiones del cuerpo. Todos en Gran Morelos lo sabían, pero nadie intervenía. ¿Qué laboraban estos jóvenes? ¿Qué los armaba más allá de la rivalidad? La matanza en Carretas no es solo un pleito familiar; apunta a hilos más oscuros, donde la política municipal se cruza con el narco, y las fiestas patronales sirven de tapadera para tratos ilícitos.

El Rol de "El Gilito" en la Dinámica Local

"El Gilito" no es un nombre nuevo en las crónicas de Gran Morelos. Hijo de un exalcalde influyente, su bravuconada no sorprendió a quienes lo vieron crecer envuelto en el manto de poder paternal. La rivalidad con Aníbal, su primo, era de conocimiento público, alimentada por disputas por tierras, influencia o quizás deudas pendientes. Pero armar una cabeza en plena celebración habla de una normalización del violencia que carcome al municipio. Investigadores sugieren que "El Gilito" podría estar ligado a células locales de crimen organizado, usando su apellido como escudo. La matanza en Carretas expone cómo figuras como él, apodadas con diminutivos que ocultan ferocidad, perpetúan ciclos de impunidad.

En este contexto, surge la figura de la "tía pesada", un apodo que en el pueblo alude a Socorro Gutiérrez, una de las fallecidas. Conocida por su carácter firme y su rol en las disputas familiares, representaba esa voz crítica que cuestionaba las alianzas políticas del clan. Su muerte, en medio del caos, no fue casual; testigos la señalan como blanco potencial por entorpecer negocios turbios. La "tía pesada" encarna el peso de las tradiciones chihuahuenses, donde las mujeres median, pero también pagan el costo de lealtades divididas.

Repercusiones Más Allá del Pueblo

A unos 20 minutos de Gran Morelos, en Santa Isabel, el eco de la balacera se sintió en incendios intencionales. Hombres armados, con bidones de gasolina, arrasaron locales comerciales en el acceso principal y cuatro vehículos, incluyendo dos Razers de gama media. ¿Venganza? ¿Mensaje? La Fiscalía vincula estos ataques a la misma red que armó la fiesta, sugiriendo que la matanza en Carretas es parte de una guerra por control territorial en la región serrana de Chihuahua. El alcalde "Kilín" enfrenta escrutinio: su insistencia en la carrejoneada, pese al luto reciente, huele a negligencia o complicidad.

Este episodio resalta la vulnerabilidad de comunidades rurales, donde la política local baila al ritmo del crimen. En Chihuahua, casos como este no son aislados; recuerdan masacres en Uruachi o Guachochi, donde balaceras festivas disfrazan ajustes de cuentas. La matanza en Carretas urge una reflexión sobre la desmilitarización fallida y la porosidad de fronteras con el narco. Autoridades estatales prometen investigaciones exhaustivas, pero el pueblo duda: ¿cuántas "tías pesadas" más caerán antes de que el plomo deje de hablar en las noches de septiembre?

La normalización de la violencia armada en fiestas como las de Gran Morelos plantea preguntas éticas sobre el rol de líderes municipales. "Kilín" Miramontes, con su empecinamiento en eventos cuestionables, ilustra cómo el poder se ejerce a costa de la seguridad. Mientras, familias como la de los Gutiérrez lidian con duelos múltiples, enterrando no solo cuerpos, sino esperanzas de paz. La matanza en Carretas, con su saldo de primos y colaterales, es un recordatorio crudo de que en Chihuahua, la independencia se celebra con grietas profundas.

En conversaciones con residentes, se filtra que la refriega pudo haber sido orquestada para silenciar deudas con carteles menores, aunque la Fiscalía oficial aún no lo confirma. Vecinos cercanos a la escena mencionan cómo "El Gilito" frecuentaba reuniones con figuras políticas de Aquiles Serdán, tejiendo redes que explican la impunidad armamentística. Reportes locales, como los de diarios regionales, detallan cómo los casquillos recolectados apuntan a arsenales profesionales, no a impulsos aislados.

Finalmente, mientras el sol del 15 de septiembre iluminaba los restos de la tragedia, Gran Morelos amaneció con un silencio ensordecedor. La "tía pesada" y "El Gilito" quedan como símbolos de un clan fracturado, y la matanza en Carretas, como cicatriz en la piel de Chihuahua. Fuentes como la Fiscalía Estatal y crónicas de prensa chihuahuense subrayan la necesidad de desentrañar estos lazos, sin que el olvido borre las lecciones.

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