Jacqueline Palmeros ha transformado su dolor en una fuerza imparable al liderar la búsqueda incansable de los restos de su hija en el Ajusco, un lugar que se ha convertido en símbolo de tragedia y esperanza para muchas familias en México. Desde que Jael Monserrat Palmeros desapareció en julio de 2020, esta madre ha dedicado cada día a rastrear pistas en las laderas boscosas de esta zona de la Ciudad de México, donde ya se hallaron parte de los restos óseos de su hija. Su determinación no solo refleja el amor inquebrantable de una madre, sino que también ilumina la realidad cruda de miles de casos de desapariciones que azotan al país, convirtiéndola en un faro para otros colectivos de buscadoras.
La historia de Jacqueline Palmeros y su búsqueda de los restos de su hija en el Ajusco comienza con un vacío que ninguna explicación puede llenar. El 24 de julio de 2020, Jael Monserrat, conocida cariñosamente como Monse, se esfumó en los límites entre las alcaldías Iztacalco e Iztapalapa. Lo que siguió fue una odisea de trámites burocráticos, noches en vela y brigadas exhaustivas que llevaron a Jacqueline a fundar el colectivo “Una Luz en el Camino”. Este grupo, compuesto principalmente por familiares de desaparecidos en la capital, ha realizado innumerables jornadas en el Ajusco, un cerro que, irónicamente, ofrece vistas panorámicas de la ciudad pero oculta horrores en sus profundidades.
El Ajusco: epicentro de desapariciones y restos ocultos
En los últimos años, el Ajusco ha emergido como un foco alarmante de desapariciones forzadas y hallazgos macabros. Lo que una vez fue un refugio natural para caminatas y recreación, ahora es un territorio marcado por el terror, donde colectivos como el de Jacqueline Palmeros rastrean meticulosamente cada sendero en busca de restos humanos. Según reportes de diversas organizaciones, esta zona de la alcaldía Tlalpan ha visto un incremento significativo en casos de personas no localizadas, tanto en sus poblados como en el bosque circundante. Las buscadoras describen el Ajusco como un “tiradero de restos”, un lugar donde no solo se encuentran huesos, sino también prendas de vestir y objetos personales que evocan la ausencia de seres queridos.
Brigadas de búsqueda: un ritual de esperanza y agotamiento
Las jornadas de búsqueda en el Ajusco comienzan antes del amanecer para Jacqueline Palmeros. A las cinco de la mañana, se prepara con un baño ritual, alista su equipo y enciende una veladora en honor a Monse, pidiendo su guía espiritual. Esta práctica, común entre las buscadoras, infunde un sentido de conexión con los desaparecidos, recordando que la búsqueda trasciende lo físico para tocar lo emocional y espiritual. Luego, atiende a sus hijos y nietos, de quienes tiene la custodia desde la tragedia, equilibrando su rol de madre con el de activista incansable.
Equipada con una mochila que incluye barras energéticas, atún, medicamentos y agua, Jacqueline Palmeros se une a las autoridades y solidarios a las ocho de la mañana en el punto de encuentro. Vestida con pantalones y botas tácticos, gorra, pasamontañas y una playera con el rostro de su hija, reparte insumos y motiva al grupo con palabras que resuenan como un mantra: “Sean minuciosos, cualquier prenda o accesorio podría ser la clave para una familia”. Estas brigadas, que duran entre cuatro y cinco horas, involucran el “peinado” exhaustivo de zonas de interés, donde se han reportado indicios como pozos de sondeo con cal, un material usado infelizmente para disimular evidencias.
La fundación de “Una Luz en el Camino”: solidaridad en la adversidad
El colectivo “Una Luz en el Camino”, impulsado por Jacqueline Palmeros, representa la esencia de la resiliencia colectiva ante la crisis de desapariciones en México. Formado tras la pérdida de Monse, este grupo ha coordinado brigadas no solo en el Ajusco, sino en otras áreas de alto riesgo de la Ciudad de México. Su labor incluye la colaboración con autoridades para obtener herramientas como palas y detectores, aunque las buscadoras a menudo gestionan sus propios recursos para no depender exclusivamente del apoyo oficial. En cada jornada, se documentan hallazgos potenciales, como ropa o joyería, que se comparten con familias para posibles identificaciones.
El impacto emocional en la familia y la sociedad
Convertirse en buscadora ha redefinido la vida de Jacqueline Palmeros, quien equilibra el duelo con la crianza de sus hijos y nietos. Sus pequeños, conscientes de la ausencia de Monse, expresan orgullo por su labor, aunque no exentos de tristeza al ver su agenda saturada. Un día dedicado exclusivamente a ellos, lleno de calidad y cariño, se convierte en bálsamo para todos. Esta dualidad —madre y guerrera— ilustra cómo la búsqueda de restos en el Ajusco no es solo un acto de justicia, sino un testimonio de amor multiplicado por la comunidad.
El aumento de desapariciones en el Ajusco subraya una problemática nacional que demanda atención urgente. Zonas como esta, con su geografía escarpada y accesos limitados, facilitan la impunidad, convirtiendo el cerro en un cementerio clandestino. Colectivos como el de Jacqueline Palmeros han presionado por más recursos y protocolos eficientes, destacando la necesidad de integrar tecnología como drones y geolocalización en las brigadas. Su voz, amplificada en foros y medios, resalta que cada resto encontrado es un paso hacia la verdad y la reparación para las víctimas.
La promesa de Jacqueline Palmeros a su hija, reiterada junto a la cruz que marca el sitio del hallazgo parcial, es un juramento de cierre digno. “Yo parí una hija completa”, afirma, encapsulando el anhelo universal de entierros completos y memoriales plenos. En el Ajusco, donde el viento susurra secretos entre los pinos, su búsqueda continúa, uniendo a extraños en una red de empatía que desafía el olvido estatal.
Las colaboraciones con autoridades en estas brigadas, como las observadas en reportes de medios locales, han permitido descartar zonas mediante sondeos precisos, aunque persisten desafíos logísticos. Expertos en derechos humanos, citados en publicaciones especializadas, enfatizan la importancia de estos esfuerzos comunitarios para contrarrestar la ineficacia institucional. Así, la tenacidad de Jacqueline Palmeros no solo busca sus restos en el Ajusco, sino que pavimenta el camino para reformas más amplias en la lucha contra las desapariciones.
En conversaciones con activistas de colectivos afines, se resalta cómo historias como la de Jacqueline Palmeros inspiran a nuevas generaciones de buscadoras, fomentando una cultura de memoria activa. Documentos de organizaciones no gubernamentales subrayan que el Ajusco, con su historial de hallazgos, requiere vigilancia permanente para prevenir más tragedias.


