Funerarias cargan con el dolor por la guerra de cárteles

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La guerra de cárteles en Sinaloa ha transformado por completo la rutina de las funerarias locales, convirtiéndolas en testigos inescapables de una violencia que no da tregua. En Culiacán, epicentro de este conflicto sangriento, apenas 30 trabajadores se encargan de manejar el flujo interminable de cuerpos, un negocio que antes era discreto y ahora es un torbellino de tragedias diarias. Esta escalada de confrontaciones entre facciones del Cártel de Sinaloa, impulsada por la pugna por el control de rutas de narcotráfico y agravada por la presión del gobierno federal, ha dejado más de 1,900 muertos y 2,000 desaparecidos solo en el último año, según cifras oficiales que apenas capturan la magnitud del horror.

El peso emocional de la guerra de cárteles en las funerarias

En el corazón de Sinaloa, donde la guerra de cárteles dicta el ritmo de la vida y la muerte, los empleados de las funerarias como San Martín y Emaús viven inmersos en un ciclo de duelo ajeno que erosiona sus propias almas. Josué Nahum García, un veterano de 40 años con 14 años en el oficio, describe su jornada como una convivencia constante con la muerte: "Convivo con la muerte todo el día, todos los días. No solo la veo, sino que la siento al ver el dolor y las lágrimas de las familias". García y sus colegas no solo recogen cadáveres de escenas de crimen; guían a los afligidos a través de trámites burocráticos, preparan cuerpos destrozados y organizan entierros que, en muchos casos, se convierten en actos de resistencia silenciosa contra el caos.

La guerra de cárteles ha incrementado drásticamente el volumen de trabajo. Solo en el mes pasado, recuperaron 262 cuerpos, la mitad víctimas de ejecuciones violentas. Estos trabajadores, vestidos con uniformes impecables que contrastan con el hedor y el calor abrasador de las calles, se apresuran de hospitales a morgues, de canales a campos abiertos. Aunque las autoridades deberían encargarse de las recuperaciones, la sobrecarga las obliga a pedir ayuda, convirtiendo a estos hombres en extensiones involuntarias de la maquinaria estatal fallida.

Testimonios que revelan el costo humano en Sinaloa

Entre las historias que emergen de esta vorágine, la de Ramón Soto ilustra la frialdad que la guerra de cárteles impone. Al llegar a una escena donde un hombre agonizaba con un letrero amenazante del cártel a su lado, Soto verificó la muerte sin inmutarse, solo para ofrecer servicios funerarios a la mujer que sollozaba. Es un acto mecánico, aprendido en la adversidad, pero que oculta un agotamiento profundo. García confiesa noches en que, tras encontrar a un padre y sus hijos de 14 y 8 años acribillados en un auto, se encierra en el baño para llorar en silencio, protegiendo a su familia de su quebranto.

Germán Sarabia, de 55 años, encuentra un atisbo de redención en su labor de embalsamador. "Se siente uno muy satisfecho cuando la familia dice: 'Gracias, se ve tan tranquilo, parece como si estuviera dormidito'", comparte, mientras describe cómo masajea rostros rígidos para insinuar sonrisas, devolviendo humanidad a cuerpos mutilados por la violencia. En un contexto donde la guerra de cárteles no discrimina entre culpables e inocentes —padres, niños camino a la escuela, profesores baleados por error—, estos gestos son faros en la oscuridad.

El impacto económico y psicológico de la violencia en Culiacán

Paradójicamente, la guerra de cárteles ha elevado los ingresos de estos trabajadores en un tercio, de 730 a mil dólares mensuales, pero el precio emocional es incalculable. Javier Aragón, de 36 años en la funeraria Emaús, lo resume con crudeza: "Cambiaría ese dinero por sentirme libre y sin miedo". El compañerismo entre estos hombres, forjado en turnos de 24 horas y esperas eternas fuera de morgues, es su red de apoyo. Pasan más tiempo juntos que con sus familias, compartiendo silencios cargados de historias no contadas.

La guerra de cárteles deja huellas indelebles. Algunos se endurecen, volviéndose insensibles al hedor de la descomposición o al espectáculo de torturas evidentes en los cadáveres. Otros, como Aragón, recurren a cursos de manejo emocional para no absorber el dolor ajeno: "Somos intermediarios; podemos tener empatía, pero no absorbemos su proceso". Sin embargo, no todos logran esa distancia. Guillermo Torres Rangel, de 45 años, lleva una herida personal que la guerra de cárteles reabrió cruelmente. Hace una década, recuperó el cuerpo descompuesto de su hermana menor de un canal, un trauma que lo llevó a la depresión y al abandono temporal del trabajo. "Quería mi propia muerte", admite, antes de volver por necesidad, consciente de que alguien debe brindar este servicio sin juzgar.

La presión gubernamental y el caos en Sinaloa

Esta crisis no ocurre en el vacío. Las facciones del Cártel de Sinaloa, uno de los más poderosos del mundo, se disputan un imperio multimillonario de narcotráfico, mientras el gobierno mexicano, bajo la lupa de Washington durante la era Trump, lanza campañas agresivas que solo avivan el fuego. En Culiacán, la capital del cártel, la guerra de cárteles ha permeado cada rincón: cuerpos en autos en marcha, en asfalto caliente, en fosas improvisadas. Las funerarias, antes guardianes de duelos naturales, ahora cargan con el peso de una carnicería que incluye transeúntes atrapados en cruces de fuego, madres con bebés en brazos alcanzadas por balas perdidas.

Los trabajadores funerarios, en su mayoría hombres de mediana edad con familias propias, intentan equilibrar la adrenalina del oficio —esa urgencia que García describe como adictiva— con el desgaste que amenaza su salud mental. Han probado dejarlo, pero la demanda los arrastra de vuelta. En medio de esto, hallan propósito: ofrecer dignidad a los caídos, consuelo a los que quedan. Sarabia lo ve claro: "Por lo menos les puedo dar ese pequeño consuelo". Es un recordatorio de que, incluso en la guerra de cárteles, la humanidad persiste en gestos humildes.

Pero el agotamiento colectivo es palpable. "Ya es demasiado", suspira García una noche, acechando posibles clientes fuera de un hospital. La pregunta que flota en el aire es cuándo cesará este derramamiento de sangre, cuándo las funerarias de Sinaloa podrán volver a ser refugios de duelo ordinario y no extensiones de un campo de batalla.

En conversaciones informales con colegas del sector, como aquellos vinculados a reportajes en medios locales, se menciona que la situación en Culiacán refleja un patrón más amplio en regiones afectadas por el narcotráfico, donde datos de secretarías estatales subrayan el incremento en recuperaciones de cadáveres. Figuras como las compartidas por observadores independientes en foros sobre seguridad pública en México pintan un panorama similar, con énfasis en el rol crucial de estos trabajadores invisibles.

De igual modo, pláticas con expertos en criminología, inspiradas en análisis de think tanks especializados, destacan cómo la guerra de cárteles no solo multiplica las víctimas, sino que transforma profesiones enteras, obligando a adaptaciones emocionales que pocos anticiparon. Es en estos intercambios donde se vislumbra una esperanza tenue: mayor apoyo psicológico para quienes cargan el dolor colectivo.