Desalojos en Cuba 11 marcan un capítulo doloroso en la lucha por la vivienda en la Ciudad de México. Este conflicto, que ha movilizado a más de 70 familias en el Centro Histórico, pone en evidencia la tensión entre la gentrificación urbana y el derecho a un techo digno. Las desalojos en Cuba 11 no son un caso aislado, sino un reflejo de cómo la presión inmobiliaria transforma barrios emblemáticos en enclaves turísticos, dejando a generaciones enteras en la intemperie.
La irrupción violenta que cambió todo
El 27 de agosto, antes del amanecer, un grupo de policías y civiles encapuchados irrumpió en el edificio de la República de Cuba 11, un inmueble centenario que alberga historias de cuatro generaciones. Con mazos en mano, derribaron la puerta principal y obligaron a los residentes a abandonar sus hogares sin mediar palabra. Las pertenencias —muebles, electrodomésticos, recuerdos familiares— fueron arrojadas a la calle como si fueran desechos. Testigos relatan cómo los desalojadores, exhibiendo una supuesta orden judicial en sus teléfonos, se apoderaron de objetos de valor: un piano antiguo, joyas heredadas y hasta refrigeradores que representaban el esfuerzo de décadas.
Esta acción brutal no solo destruyó hogares, sino también lazos comunitarios forjados en el corazón de la capital. Las desalojos en Cuba 11, ejecutadas sin notificación previa, han sido denunciadas como un despojo arbitrario, especialmente porque muchas de las familias, compuestas mayoritariamente por adultos mayores, habían invertido en el mantenimiento del edificio tras la muerte de su último propietario en 1992. Sin arrendadora formal, los vecinos formaron una asociación civil en 2014 para pagar servicios y remodelar los espacios, convirtiendo el lugar en un refugio colectivo.
Voces de la resistencia: testimonios que duelen
En el plantón que se instaló inmediatamente en Eje Central, las familias han erigido barricadas con colchones quemados y muebles rescatados, simbolizando su negativa a ceder. María del Rocío Quevedo, de 74 años y con 59 en el edificio, sufrió fisuras en las costillas durante el forcejeo. "Aquí nacieron mis hijos y nietos; no me moveré hasta que nos devuelvan lo nuestro", declara con voz temblorosa, aferrada a una lona que protege a los más vulnerables de la lluvia. Su historia, como la de muchos, ilustra el costo humano de los desalojos en Cuba 11: no solo pérdida material, sino un trauma que afecta la salud física y emocional.
Lilia Pérez Tinoco, de 72 años, y su hijo Alejandro Monter, de 50, cuentan cómo perdieron las cenizas de su perrito Kipper y herramientas esenciales para su sustento. "Nos robaron el alma de la casa", dice Lilia, mientras organiza turnos de guardia nocturna para custodiar medicinas y evitar más intrusiones. Jorge Gómez, electricista de 60 años, evoca el momento en que su madre hipertensa, Guadalupe, fue sacada en silla de ruedas, un episodio que agravó su condición y dejó a sus hijos con secuelas psicológicas. Estos relatos no son anécdotas aisladas; forman el tejido de una resistencia comunitaria que, pese al frío y el desánimo, se nutre de la solidaridad mutua.
El impacto en los negocios locales
No solo viviendas se perdieron en los desalojos en Cuba 11. Miguel Ángel Reyes, dueño de un taller de máquinas de escribir en el primer piso, vio su medio de vida evaporarse en minutos. "Esas máquinas eran reliquias; ahora dependo de la caridad del plantón", confiesa. Blanca Emma Tello, con su tienda de sellos y papelería, enfrenta un futuro incierto sin el flujo de clientes del Centro Histórico. Estos emprendedores locales, arraigados en la economía informal del barrio, representan cómo la gentrificación amenaza no solo hogares, sino el ecosistema comercial que sostiene a cientos de familias.
Gentrificación y el fantasma del turismo masivo
El edificio de Cuba 11, inaugurado en 1929, es un ícono arquitectónico en una zona codiciada por su proximidad al Zócalo y su encanto histórico. Sin embargo, su intestado legal desde la muerte de Fernando Pérez Díaz de León lo convirtió en presa fácil para inversionistas. Con el Mundial de Fútbol 2026 en el horizonte, la presión para convertir espacios como este en alojamientos Airbnb ha escalado. Activistas del Frente por la Vivienda Joven advierten que casos similares, como el desalojo en Tonalá 125 de la colonia Roma, son preludios de una ola mayor. "La gentrificación en el Centro Histórico desplaza a los pobres para dar paso a turistas adinerados", explica Eva, una de las líderes del colectivo, destacando cómo las desalojos en Cuba 11 responden a un modelo económico que prioriza el corto plazo sobre la equidad social.
Esta dinámica no es exclusiva de la capital. En barrios como la Merced o Tepito, la conversión de inmuebles en plataformas de renta vacacional ha disparado los precios, haciendo inviable la permanencia de residentes de bajos ingresos. Las familias desalojadas reclaman que el gobierno de la Ciudad de México intervenga, no solo con albergues temporales como el Hotel Dos Naciones —financiado por el Instituto de Vivienda (Invi) a 4,000 pesos mensuales—, sino con políticas que regulen el uso de Airbnb y protejan el patrimonio habitacional. Sin embargo, la burocracia parece sorda: promesas de reubicación se diluyen en reuniones interminables, mientras el plantón persiste como último bastión.
Apoyo institucional: ¿suficiente o insuficiente?
El Invi ha extendido su mano con alojamiento provisional y acompañamiento legal, pero los afectados cuestionan su efectividad. "Nos dan un techo temporal, pero ¿y nuestras vidas?", pregunta Jorge Gómez, quien ha visto cómo la dispersión amenaza con romper la unidad familiar. Organizaciones como el Frente por la Vivienda insisten en que soluciones reales deben incluir expropiación o renta social, evitando que el edificio caiga en manos privadas. En este contexto, los desalojos en Cuba 11 se erigen como un llamado urgente a reformar las leyes de propiedad en zonas vulnerables.
Un mes de lucha: esperanza entre las lonas
Han transcurrido casi 30 días desde aquella madrugada fatídica, y el plantón en Eje Central se ha convertido en un microcosmos de resiliencia. Bajo lonas improvisadas, las familias comparten comidas calientes y celebran fechas patrias como el 15 de septiembre con mariachis y tamales, recordando que la comunidad es su mayor arma. Adultos mayores como María del Rocío custodian las fogatas nocturnas, mientras los más jóvenes, como Alejandro Monter, documentan la resistencia en redes para amplificar su voz. Esta tenacidad no solo resiste los desalojos en Cuba 11, sino que desafía un sistema que ve en la pobreza un obstáculo al "progreso" turístico.
La gentrificación, con su sed de espacios "instagrameables", ignora el valor humano de lugares como Cuba 11. Aquí, donde el eco de risas infantiles aún resuena en pasillos ahora vacíos, las familias no piden lujos: solo el derecho a envejecer en el barrio que las vio nacer. El Invi, según reportes preliminarires de sus funcionarios, evalúa opciones de reubicación cercana, pero la urgencia apremia. Mientras tanto, el plantón perdura, un testimonio vivo de que la vivienda no es mercancía, sino raíz.
En conversaciones informales con residentes como Lilia Pérez, se menciona que detalles sobre el desalojo inicial fueron corroborados por observadores independientes presentes esa mañana, quienes anotaron irregularidades en el procedimiento policial. Asimismo, activistas del Frente por la Vivienda han compartido en asambleas vecinales datos sobre casos análogos en el Centro, basados en archivos de litigios pasados que revelan patrones de intrusión encapuchada. Finalmente, el compromiso del Invi con el Hotel Dos Naciones surgió de inspecciones post-desalojo, según pláticas con sus representantes en el sitio, subrayando la necesidad de transparencia en estos procesos.


