La rosa es real;
la rosa es el mismo ser de la sombra,
pues lo duradero es fondo,
y ese fondo que recogen los labios
es la memoria,
la figura,
las cicatrices de la rosa.
Ella
no se agota en la calidad de los vientos
que destrozan coronas: se alimenta,
insaciable, de la fragilidad que anida
en la hora augural de la nueva noche.
Y contempla.
Sobre todo, aguarda.
Porque si no, no tendría nombre
la presencia,
la distancia,
el susurro,
ni la gota que resbala por su cuello.
la rosa es el mismo ser de la sombra,
pues lo duradero es fondo,
y ese fondo que recogen los labios
es la memoria,
la figura,
las cicatrices de la rosa.
Ella
no se agota en la calidad de los vientos
que destrozan coronas: se alimenta,
insaciable, de la fragilidad que anida
en la hora augural de la nueva noche.
Y contempla.
Sobre todo, aguarda.
Porque si no, no tendría nombre
la presencia,
la distancia,
el susurro,
ni la gota que resbala por su cuello.
