Madres buscadoras enfrentan el horror de las desapariciones en México
Madres buscadoras recorren incansablemente la sierra del Ajusco en busca de sus hijos desaparecidos, pero en medio de la angustia encuentran un breve consuelo en la recolección de hongos silvestres. Estas mujeres, unidas por el dolor colectivo de la violencia en México, transforman brigadas de búsqueda en momentos de resistencia y supervivencia. En el Estado de México, donde miles de familias viven esta pesadilla, el colectivo Flores en el Corazón lidera esfuerzos que exponen la magnitud de una crisis que no cesa. Cada paso en el bosque húmedo y neblinoso revela no solo la ausencia de pistas, sino también la abundancia de hongos que brotan entre raíces y rocas, recordando que la vida persiste incluso en los lugares más oscuros.
La realidad de las madres buscadoras es un grito silencioso contra un sistema que falla en proteger a sus seres queridos. En 2025, México supera las 133 mil personas desaparecidas, con el Estado de México contribuyendo con más de 14 mil casos. Jóvenes entre 15 y 34 años son las principales víctimas, atrapados en un ciclo de inseguridad que se intensifica desde la guerra contra el narcotráfico iniciada en 2007. Estas madres, armadas con palas, picos y fichas de búsqueda, desafían terrenos traicioneros y amenazas de talamontes, acompañadas por elementos de seguridad que apenas mitigan los riesgos. Sin embargo, la recolección de hongos se convierte en un ritual de consuelo, una forma de mantener los ojos en el suelo y el corazón en alto.
El testimonio desgarrador de Rosa María Bobadilla
Rosa María Bobadilla Chávez, de 52 años, encarna la lucha diaria de las madres buscadoras. Su hijo Josué Anthony Rodríguez Bobadilla, de 20 años, y su nuera Evelin Natali Valdéz Peña, embarazada de dos meses y medio, desaparecieron el 10 de septiembre de 2024 en Calimaya. Salieron en una moto Italika negra alrededor de las 2:20 de la tarde, prometiendo regresar pronto para la cena. Rosa María, que trabaja hasta tarde, volvió a casa a las 9 de la noche para encontrar solo el silencio. Llamadas sin respuesta, mensajes al buzón y una posterior extorsión que devoró sus ahorros no trajeron de vuelta a sus hijos. Hoy, con una camiseta que porta la ficha de Josué –su mirada fija y sombrero característico–, Rosa María canta en un grupo de mariachi para sobrellevar el vacío, mientras su nieta, nacida sin conocer a sus padres, crece en medio de esta incertidumbre.
En las brigadas de las madres buscadoras, Rosa María no solo busca huesos humanos entre la hojarasca; también llena bolsas de plástico con hongos rojos, cafés y blancos. "Desafortunadamente hemos creado un México terrible", confiesa, mientras el colectivo crece con nuevas integrantes que se suman al horror compartido. Estas jornadas, que duran siete días, cubren polígonos boscosos entre Toluca y la Ciudad de México, con apoyo de antropólogos y comisiones estatales. Pero el consuelo llega al atardecer, cuando alrededor de una fogata en una cabaña rentada, preparan sopas y quesadillas con los hongos recolectados, compartiendo risas efímeras que contrastan con el peso de la ausencia.
El colectivo Flores en el Corazón: una red de solidaridad ante la impunidad
Fundado por Liz Machuca tras el feminicidio de su hermana Eugenia en 2017 en Ocoyoacac, el colectivo Flores en el Corazón une a 30 familias en la búsqueda incansable de desaparecidos. Han realizado dos brigadas generales y seis individuales cerca de Xalatlaco, hallando restos óseos como los de Leonardo Sandoval Cázares, un joven de 20 años desaparecido en 2022 tras una fiesta en San Miguel Ajusco. Su rostro, ahora pintado en una piedra conmemorativa, simboliza las victorias agridulces de estas madres buscadoras. Don Nazario, un hombre de campo con ojos claros y vasto conocimiento de la naturaleza, se unió tras encontrar a su propio hijo con vida. Él guía la selección de hongos comestibles, descartando los tóxicos y enseñando a distinguir especies como la Amanita Caesarea o el Cantharellus Cibarius, tradiciones prehispánicas que se entretejen con la modernidad de la tragedia.
Las madres buscadoras aprenden anatomía básica para diferenciar huesos de animales de humanos, fotografiando cada "positivo" para las autoridades. En el Ajusco, zona crítica con 26 restos hallados desde 2021 según datos oficiales, el terreno yermo y húmedo guarda secretos que el tiempo erosiona. Municipios como Ocoyoacac, Lerma y Toluca reportan desapariciones constantes: Genaro, María Fernanda, Daniel, Jesús Alejandro, Joshua y Víctor son solo nombres en una lista interminable. Dos miembros del colectivo han localizado a sus hijos vivos, un rayo de esperanza en un mar de desesperación. Pero la crisis escala: 2024 cerró con 2 mil 94 casos nuevos, y 2025 ya suma mil 795, un recordatorio alarmista de que la impunidad fomenta esta epidemia de ausencias.
Estela Zepeda: criando nietas en la sombra de la pérdida
Estela Zepeda, de 53 años, carga con el peso de criar a sus tres nietas –Romy de 9, Paulina de 5 y Victoria de 4– desde que su hija María Fernanda Rodríguez Zepeda y su yerno Daniel Arturo Chávez Valdés desaparecieron el 4 de abril de 2023 en Lerma. Fernanda, descrita como alegre y risueña, había salido a recoger a las niñas de un cumpleaños cuando todo se truncó. "Son unos padres jóvenes, amorosos, que jamás las hubieran dejado", afirma Estela, cuya gorra reza "Hasta Encontrarlos" y un paliacate rojo proclama "Los buscamos". Vende ropa de paca para subsistir, apoyada por su esposo Francisco y su hermana, mientras las niñas temen repetir la historia de sus padres.
En las brigadas de madres buscadoras, Estela usa la recolección de hongos para agudizar la vista: "Estamos más pendientes, vamos de manera más concienzuda". Encuentran "huesitos de personas" ocasionalmente, pero el Ajusco no es su esperanza; participa por solidaridad, sabiendo que "todos buscamos a todos". Con cebollita, los hongos quedan "buenísimos", un bálsamo en noches frías donde el colectivo se transforma en familia extendida.
La tradición de los hongos: un lazo ancestral en la búsqueda moderna
La recolección de hongos silvestres en el Ajusco no es mera casualidad para las madres buscadoras; es un eco de prácticas prehispánicas documentadas en estudios locales desde los años 80. Especies como el Boletus Aestivalis o la Amanita Fulva crecen al pie de árboles centenarios, resistiendo tempestades y simbolizando resiliencia. Estas brigadas, organizadas en células para cubrir terrenos antes del atardecer, desarrollan un mapa mental del bosque: huellas de animales, formaciones rocosas y senderos ocultos. Sin señal telefónica, el aislamiento amplifica el temor, pero también la unión.
El 11 de septiembre de 2025, bajo una neblina fría, la jornada transcurrió sin hallazgos humanos, solo con bolsas llenas de hongos. Don Nazario separó los comestibles –champiñones blancos, naranjas-amarillos y cafés–, mientras las mujeres abrían paso con palas. Al final, en la cabaña, la fogata iluminó rostros marcados por el agotamiento, pero también por la calidez de la sopa compartida. Este ritual subraya cómo las madres buscadoras convierten la adversidad en acto de afirmación vital.
La crisis de desaparecidos en México, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas, pinta un panorama desolador que estas mujeres confrontan día a día. En el Estado de México, los datos de la Fiscalía General de Justicia revelan un incremento alarmante en municipios fronterizos con la capital, donde la inseguridad se entremezcla con la cotidianidad. Informes de comisiones locales destacan cómo brigadas como las del colectivo exponen fosas clandestinas y restos dispersos, impulsando demandas por justicia que resuenan en foros estatales.
Expertos en micología regional, como aquellos que estudiaron parajes como El Capulín en Xalatlaco, describen la diversidad fúngica del Ajusco como un tesoro oculto, pero para las madres buscadoras representa un puente entre el luto y la persistencia. Publicaciones sobre la zona boscosa enfatizan su rol en la ocultación de crímenes, un detalle que estas mujeres conocen de primera mano a través de sus recorridos exhaustivos.
En última instancia, las madres buscadoras no solo buscan cuerpos; reclaman un país donde la desaparición no sea norma. Sus historias, recogidas en crónicas periodísticas que circulan entre colectivos, inspiran a nuevas voces a unirse, tejiendo una red que desafía el olvido oficial.


