El Acueducto Solís-León se ha convertido en el epicentro de un conflicto ambiental y social en el estado de Guanajuato, donde comunidades como Acámbaro y Chupícuaro alzan su voz contra un proyecto que amenaza sus recursos hídricos y su legado histórico. Este fin de semana, en una asamblea informativa en Chupícuaro, residentes y activistas del movimiento “No al Acueducto” expusieron las graves consecuencias que podría traer la construcción de esta obra, destacando no solo los impactos inmediatos, sino también las deudas pendientes del pasado relacionadas con la presa Solís.
El impacto histórico del Acueducto Solís-León en las comunidades
Desde hace décadas, la región ha lidiado con las secuelas de la presa Solís, una infraestructura que desplazó a familias enteras y alteró el curso de la vida local. Ahora, el Acueducto Solís-León revive esos temores al proponer extraer agua de fuentes vitales para el sustento agrícola y el consumo diario. José López, representante de migrantes originarios de la zona, fue contundente en la reunión: “Hoy quieren quitarnos el agua, si todavía no pagan lo que deben a los de esta zona”. Sus palabras resonaron entre los asistentes, recordando cómo la construcción de la presa dejó a muchas familias sin tierras ni compensaciones justas, obligándolas a emigrar hacia Estados Unidos en busca de oportunidades.
Despojo de tierras y emigración forzada
El relato de Fernando Trujillo, delegado de Chupícuaro, ilustra el dolor colectivo. Hace años, las familias locales fueron despojadas de sus propiedades para dar paso a la presa Solís, sin que hasta la fecha se haya otorgado certeza jurídica sobre las tierras adquiridas con esfuerzo propio. “La mayoría de los chupicuarenses tuvo que emigrar porque esta zona quedó despoblada y sin fuentes de trabajo”, explicó Trujillo. Hoy, el Acueducto Solís-León representa una nueva amenaza, al riesgo de despojar a los agricultores de los recursos que con tanto sacrificio han mantenido sus cultivos vivos. Esta situación no solo afecta la economía local, sino que profundiza la brecha entre el gobierno y las comunidades, fomentando un sentido de abandono que se siente en cada asamblea.
Acciones comunitarias contra el Acueducto Solís-León
Las asambleas informativas se han multiplicado en localidades cercanas, donde se distribuyen volantes y se colocan calcas y lonas en viviendas y negocios de Acámbaro. Estas iniciativas buscan sensibilizar a la población sobre los riesgos ambientales del Acueducto Solís-León, como la posible desertificación de suelos y la contaminación de mantos acuíferos. Pobladores denuncian un abandono gubernamental crónico, con promesas incumplidas que dejan al territorio vulnerable. Julio Vega, regidor de Morena en la región, participó en la reunión de Chupícuaro para subrayar la necesidad de atraer empresas y generar empleos estables. “Ante la falta de oportunidades, los jóvenes se van. Las autoridades deben voltear a ver esta parte del estado”, insistió, uniendo su voz al coro de descontento que cuestiona la viabilidad del proyecto.
La mega marcha como punto de inflexión
El movimiento culminará –o al menos escalará– con una mega marcha programada para el 30 de noviembre a las 16:00 horas, partiendo desde la Plaza de la Soledad en Acámbaro. Esta convocatoria invita a todos los afectados por el Acueducto Solís-León a unirse en una demostración pacífica pero firme de resistencia. Expertos en recursos hídricos locales advierten que el proyecto podría exacerbar la escasez de agua en una zona ya castigada por sequías recurrentes, afectando no solo a los agricultores, sino a toda la cadena alimentaria regional. La participación ciudadana en estas acciones refleja un empoderamiento creciente, donde las comunidades rechazan ser meros espectadores de decisiones que les cambian la vida.
Implicaciones ambientales y sociales del proyecto
El Acueducto Solís-León no es solo una tubería; es un símbolo de cómo las grandes obras hidráulicas priorizan el desarrollo urbano de León a expensas de las zonas rurales. En Guanajuato, donde el agua es oro líquido, este trasvase podría reducir drásticamente los caudales disponibles para riego en Acámbaro, impactando cultivos como el maíz y el frijol que sostienen a miles de familias. Estudios independientes, aunque limitados por la falta de transparencia oficial, sugieren que el proyecto ignora la sostenibilidad a largo plazo, favoreciendo un modelo extractivo que agrava la vulnerabilidad climática. Las comunidades afectadas, con su arraigo a la tierra, defienden un enfoque más equitativo, donde el agua se gestione como un bien común y no como un commodity.
Voces olvidadas y la deuda con la presa Solís
La conexión con la presa Solís es ineludible: esa infraestructura, construida en los años 70, prometió prosperidad pero entregó despoblación y litigios eternos. Hoy, el Acueducto Solís-León hereda ese legado de desconfianza, con residentes que exigen auditorías exhaustivas antes de cualquier avance. La Ley de Aguas Nacionales, citada en las asambleas, se presenta como un marco legal que debería proteger, pero que en la práctica permite trasvases sin consulta adecuada. Esta brecha entre norma y realidad alimenta el rechazo, convirtiendo cada reunión en un espacio de diálogo y organización que trasciende lo local.
En medio de este panorama, surgen propuestas alternativas: invertir en tecnologías de captación de lluvia, reforestación de cuencas y diversificación económica para reducir la dependencia del agua agrícola. Estas ideas, nacidas de las propias comunidades, contrastan con la rigidez del Acueducto Solís-León, que parece ajeno a las necesidades reales del Bajío. Mientras tanto, la migración juvenil continúa, drenando el talento de una región que clama por ser escuchada.
Como se ha documentado en coberturas periodísticas de la zona, el movimiento gana adeptos día a día, con testimonios que humanizan la lucha contra el despojo hídrico. Reportes de asambleas pasadas muestran cómo el Acueducto Solís-León ha unido a generaciones, desde abuelos que recuerdan la presa hasta jóvenes que sueñan con un futuro sin exilios forzados.
En conversaciones informales con líderes locales, emerge un consenso: el verdadero progreso radica en la justicia reparativa, no en megaobras que benefician a unos pocos. Fuentes cercanas al tema, como las que han seguido el pulso de Guanajuato, coinciden en que sin diálogo genuino, el rechazo al Acueducto Solís-León solo se intensificará, recordándonos que el agua no es negociable cuando se trata de supervivencia.


