Magnanimidad y humildad: clave ante crisis

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Magnanimidad y humildad frente a la indignación

Magnanimidad y humildad son las actitudes que México necesita con urgencia en sus gobernantes para calmar la furia ciudadana que estalló tras el brutal asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo. El sábado pasado, un hombre valiente que desafió abiertamente al crimen organizado fue acribillado en plena plaza pública, pese a haber suplicado protección federal y estatal. La respuesta: silencio inicial y, después, una defensa que culpó al pasado y tildó de “buitres” a quienes critican. Magnanimidad y humildad habrían evitado que la rabia se convirtiera en quema de palacios municipales.

En Michoacán, la gente no pide discursos; exige resultados. Magnanimidad y humildad significan reconocer que, aunque se hable de “avances”, los homicidios diarios superan los 80 y regiones enteras viven bajo toque de queda impuesto por narcos. El reclamo no es campaña de odio: es dolor convertido en grito. Mostrar magnanimidad y humildad sería admitir que la estrategia falló y cambiarla ya, no esconderse tras el fantasma de Calderón.

El asesinato que encendió la mecha

Carlos Manzo no era un político cualquiera. Denunció públicamente a los grupos que extorsionan limoneros y transportistas. Grabó videos pidiendo ayuda a la presidenta Claudia Sheinbaum y al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla. Nadie actuó con suficiente rapidez. El sábado, dos sicarios lo ejecutaron frente a decenas de testigos. Horas después, miles marcharon en Uruapan y Morelia. El domingo, manifestantes intentaron tomar el palacio estatal; el lunes, Apatzingán ardió en llamas. Magnanimidad y humildad del gobierno habrían convertido esa energía en diálogo, no en barricadas.

El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, prometió “acciones inmediatas”. El general Ricardo Trevilla anunció despliegues. Pero la ciudadanía ya no cree en comunicados. Quiere ver detenidos a los autores intelectuales, no solo a los gatilleros. Magnanimidad y humildad implican aceptar que la Guardia Nacional no basta si los mandos locales están coludidos o intimidados.

Por qué magnanimidad y humildad calmarían Michoacán

Lección 1: Empatía antes que ego

Cuando el gobernador michoacano apareció en redes culpando a “herencias”, la gente respondió con piedras. Una disculpa sincera, un “fallamos y lo vamos a corregir”, habría sido magnanimidad y humildad en acción. En cambio, el discurso oficial señaló a “periodistas carroñeros” y a una supuesta oposición que “financia bots”. Resultado: más enojo, más memes, más distancia entre Palacio y plaza.

Magnanimidad y humildad no son debilidad; son inteligencia política. Presidentes como Mandela o Merkel ganaron corazones reconociendo errores. En México, cada vez que un funcionario dice “es culpa del neoliberalismo”, pierde otro punto en las encuestas. La ciudadanía quiere soluciones, no chivos expiatorios.

Lección 2: Diálogo en las calles

El empresario limonero Bernardo Bravo también fue asesinado días antes. Dos líderes caídos en una semana. Las cámaras empresariales callan por miedo; los transportistas pagan cuota. Magnanimidad y humildad abrirían mesas reales: federación, estado, municipios y víctimas. No las reuniones a puerta cerrada donde solo se toman fotos. Mesas donde se hable de inteligencia, no solo de tanquetas.

En Tierra Caliente, la gente sabe quién manda: no es el Ejército, son los cárteles. Magnanimidad y humildad serían reconocerlo en voz alta y pedir ayuda internacional si hace falta. Ocultar la realidad solo engrosa las filas de los violentos.

Camino adelante: magnanimidad y humildad como estrategia

La presidenta Sheinbaum tiene 90% de aprobación, pero la inseguridad puede erosionarla en meses. Un gesto de magnanimidad y humildad —visitar Uruapan sin escoltas blindados, abrazar a la viuda de Manzo, prometer justicia en 30 días— valdría más que cien mañaneras. El gobernador Bedolla podría ganar respeto si convoca a todos los alcaldes en riesgo y les da presupuesto directo para policías confiables.

Columnistas de Milenio como Óscar Glenn lo han escrito con claridad: la indignación no es artificial. Reporteros de campo en Michoacán documentan diariamente cómo la violencia heredada se combina con omisiones actuales. Analistas de seguridad coinciden en que sin autocrítica no hay avance. Estudios del Observatorio Nacional Ciudadano muestran que los homicidios en la región subieron 12% este año.

En resumen, magnanimidad y humildad no son lujo: son oxígeno para un gobierno asfixiado por la realidad. Si Sheinbaum y Bedolla las practican, México respirará aliviado. Si las ignoran, las llamas de Apatzingán serán solo el inicio.