El impuesto a refrescos y edulcorantes se ha convertido en un tema central en la agenda legislativa mexicana, donde diversas organizaciones civiles y expertos en salud pública claman por su fortalecimiento. Este gravamen, diseñado para desincentivar el consumo excesivo de bebidas azucaradas y con edulcorantes artificiales, enfrenta presiones para un posible retroceso que podría agravar la crisis de salud en el país. México, como uno de los mayores consumidores de refrescos a nivel mundial, lidia con epidemias de obesidad y diabetes que demandan medidas firmes como el impuesto a refrescos y edulcorantes. En este contexto, la manifestación reciente en el Senado de la República resalta la urgencia de priorizar la salud pública sobre intereses económicos.
La presión de las organizaciones civiles contra el retroceso
En un acto simbólico frente al Senado, activistas instalaron una lata de refresco inflable de cinco metros de altura, con la palabra "diabetes" en lugar de la marca habitual y un mensaje claro: "Los edulcorantes también hacen daño". Esta instalación visual busca captar la atención de los legisladores y la sociedad sobre los riesgos del consumo de estas bebidas. El impuesto a refrescos y edulcorantes, parte del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), ha sido efectivo en reducir el ingesta de productos nocivos, pero ahora enfrenta debates que podrían diluir su impacto. Organizaciones como El Poder del Consumidor, la Alianza por la Salud Alimentaria (ASA), Salud Crítica y la Coalición ContraPESO, junto con Fundar, unieron fuerzas para exigir que no se retroceda en esta política clave.
Estas entidades argumentan que el impuesto a refrescos y edulcorantes no solo protege la salud individual, sino que alivia la carga económica sobre el sistema público. Según datos presentados durante la protesta, el consumo de bebidas azucaradas genera más de 230 mil nuevos casos de diabetes y enfermedades cardiovasculares al año en México, además de causar 46 mil muertes directas. Estas cifras alarmantes subrayan por qué el retroceso en el impuesto a refrescos y edulcorantes sería un error grave, permitiendo que la industria de bebidas continúe promoviendo productos que fomentan la obesidad infantil y adulta.
Argumentos científicos y económicos en defensa del gravamen
Desde una perspectiva científica, el impuesto a refrescos y edulcorantes se basa en evidencias sólidas. Estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) desaconsejan el uso de edulcorantes para controlar el peso, alertando sobre riesgos cardiometabólicos asociados a su consumo frecuente. Doré Castillo, directora de Salud Crítica, enfatizó que tanto los azúcares como los edulcorantes representan amenazas similares, por lo que gravarlos de manera diferenciada debilitaría la estrategia de prevención. Este enfoque integral es esencial para combatir la obesidad en México, donde más del 70% de la población adulta presenta sobrepeso o obesidad, según encuestas nacionales.
Económicamente, el panorama es igual de preocupante. Iván Benhumea, de Fundar, reveló que la obesidad y el sobrepeso cuestan al país alrededor de 600 mil millones de pesos anuales, equivalente al 68% del presupuesto de programas sociales prioritarios. El impuesto a refrescos y edulcorantes genera ingresos que podrían redirigirse a la salud y educación, mitigando estos gastos masivos. Sin este gravamen fortalecido, el sistema de salud colapsaría aún más, afectando desproporcionadamente a las comunidades de bajos ingresos, que consumen estas bebidas como una opción barata pero costosa en términos de bienestar.
Voces clave en la batalla por la salud pública
Alejandro Calvillo, director de El Poder del Consumidor, fue uno de los portavoces más contundentes en la manifestación. "El impacto sanitario y económico de estas bebidas es una de las principales causas de enfermedad y muerte en el país", declaró, recordando que los costos recaen en un sistema de salud en crisis y en los bolsillos de las familias vulnerables. Su llamado resuena en el debate sobre el impuesto a refrescos y edulcorantes, posicionándolo como una herramienta indispensable para la equidad social. Calvillo planteó una disyuntiva clara a los senadores: proteger las ganancias corporativas o salvaguardar la salud de millones.
Paulina Magaña, de la Alianza por la Salud Alimentaria, urgió a los legisladores a ver este momento como histórico. "Los senadores tienen en sus manos la responsabilidad de proteger la salud de la población mediante el incremento a los impuestos saludables", afirmó. Esta perspectiva refuerza la necesidad de no retroceder en el impuesto a refrescos y edulcorantes, especialmente ante el alto consumo per cápita en México, que alcanza los 166 litros de refrescos por persona al año. Tales hábitos no solo perpetúan la diabetes tipo 2, principal causa de muerte, sino que también exacerban desigualdades en el acceso a atención médica.
El pacto con la industria y sus implicaciones
Recientemente, el Gobierno federal anunció un acuerdo con la industria de bebidas azucaradas, que incluye una reducción del 30% en el contenido de azúcar, restricciones a la publicidad dirigida a niños y una diferenciación de precios entre bebidas azucaradas y sin calorías. A cambio, se moderaría el incremento propuesto al IEPS. Aunque este pacto busca un equilibrio, las organizaciones lo critican como un retroceso disfrazado en el impuesto a refrescos y edulcorantes, argumentando que concede concesiones a la industria sin garantías reales de reducción en el consumo. Este arreglo, revelado el 17 de octubre, ha intensificado el debate sobre cómo equilibrar regulación y colaboración sin comprometer la salud pública.
El impuesto a refrescos y edulcorantes, implementado inicialmente en 2014, ha demostrado su eficacia en países como México, donde el consumo de bebidas azucaradas disminuyó un 10% en los primeros años. Sin embargo, la presión industrial persiste, buscando exenciones para edulcorantes que, según expertos, no son una alternativa saludable. Fortalecer este gravamen podría no solo generar más recursos fiscales, sino también fomentar una cultura de consumo responsable, integrando educación nutricional en escuelas y comunidades.
Impacto en la sociedad y recomendaciones futuras
La obesidad en México no es solo un problema de salud, sino un desafío social que afecta la productividad y el desarrollo económico. El impuesto a refrescos y edulcorantes emerge como una solución fiscal innovadora, alineada con recomendaciones internacionales para combatir las enfermedades no transmisibles. Organizaciones como la Coalición ContraPESO proponen complementarlo con campañas de concientización que destaquen los riesgos de la obesidad infantil, que ha triplicado en las últimas décadas. Mantener y elevar este impuesto podría transformar el panorama, reduciendo la prevalencia de diabetes y liberando fondos para infraestructuras deportivas y programas alimentarios saludables.
En el contexto de la discusión legislativa, el rol del Senado es pivotal. Los legisladores deben considerar evidencias científicas y datos económicos por encima de lobbies, asegurando que el impuesto a refrescos y edulcorantes evolucione para cubrir todas las bebidas nocivas. Esta postura no solo beneficiaría a la población, sino que posicionaría a México como líder en políticas de salud pública en Latinoamérica.
Como se desprende de reportes recientes en medios especializados, estas manifestaciones reflejan un consenso creciente entre expertos en nutrición y economía. Por otro lado, análisis de think tanks independientes destacan cómo el gravamen ha contribuido a una ligera baja en el consumo, respaldando la necesidad de su permanencia. Finalmente, declaraciones de activistas en foros públicos subrayan que sin este impuesto, las ganancias corporativas primarían sobre el bienestar colectivo.


