Soy Frankelda llega a las pantallas como un torbellino de pesadillas y sueños locos, una película que te atrapa desde el primer minuto con su mundo rarísimo y su animación que parece salida de un taller de brujos. Imagínate una historia donde una chica del México del siglo XIX, harta de que le digan que sus cuentos de terror son una porquería, termina metida en un reino subterráneo que se come las miedos de la gente para sobrevivir. Esa es la esencia de Soy Frankelda, el primer largometraje en stop-motion hecho al cien por cien en México, y créeme, es un viaje que te deja boquiabierto, aunque a ratos te haga rascarte la cabeza por lo enredado que se pone todo.
Esta cinta no es solo una animación más; es como si los hermanos Arturo y Roy Ambriz, los genios detrás de Cinema Fantasma, hubieran volcado todas sus frustraciones creativas en un frasco y lo hubieran agitado hasta que explotara en colores y monstruos. Soy Frankelda cuenta la vida de Francisca, una tipa con pluma afilada que escribe horrores para escapar de una sociedad que la ve como una loca por atreverse a soñar en grande. De repente, ¡pum!, su mundo choca con Topus Terrentus, un lugar gótico y barroco donde las pesadillas son el pan de cada día. Ahí conoce al príncipe Herneval, un chavo atormentado que necesita su ayuda para salvar a sus papás, y se topa con el villano Procustes, un tipo obsesionado con robar ideas ajenas para no perder su curro. Es una mezcla de cuento de hadas retorcido con toques de Frankenstein, pero todo envuelto en un México victoriano lleno de sombras y secretos.
Lo que más flipa de Soy Frankelda es cómo te mete en ese universo sin piedad. No hay tiempo para aburrirte: desde el arranque, te bombardean con imágenes que parecen sacadas de un sueño febril. Piensa en tarántulas gigantes de color verde lima, ajolotes que se convierten en medusas espeluznantes o sirenas con escamas que brillan como joyas rotas. Todo eso hecho con marionetas de tela, silicona y alambre, cuadro por cuadro, en un taller en la Ciudad de México que más parece una fábrica de juguetes embrujados. Los Ambriz tardaron tres años en armar esto, y se nota el amor que le pusieron: cada detalle, desde las quijadas impresas en 3D hasta los platós de diez metros cuadrados, grita pasión mexicana. Es como si Guillermo del Toro, que los apadrinó, les hubiera dado un empujón para que México entrara al club de los grandes del stop-motion, tipo Laika o Aardman, pero con nuestro sazón único.
La Magia del Stop-Motion en Soy Frankelda
Hablemos claro: el stop-motion de Soy Frankelda es lo que te va a dejar pegado al asiento. No es animación digital fría; es artesanía pura, de esas que te hacen apreciar el esfuerzo humano. Cada segundo de película equivale a 24 fotos diminutas, y en esta cinta hay momentos donde el agua se mueve como gelatina viva o las sombras bailan como si tuvieran vida propia. Recuerda la escena donde Frankelda llora frente a su reflejo: tardaron seis días en filmar 22 segundos, ¡y queda precioso! Es un antídoto total contra la pereza de la inteligencia artificial; aquí todo se toca, se moldea y se anima con las manos. Los críticos lo dicen por todos lados: es hipnótico, barroco, un deleite visual que transforma lo cotidiano en algo terroríficamente bello.
Y no solo eso, el mundo de Topus Terrentus es un festín para los ojos. Inspirado en mitos mayas como los aluxes guardianes de cenotes o ceibas con raíces de mamut, pero mezclado con un Porfirio Díaz convertido en monstruo. Es México del siglo XIX visto a través de un cristal distorsionado: opulento, opresivo y lleno de contrastes. Soy Frankelda usa esa estética para pintar un retrato de la frustración artística, donde las mujeres como Francisca luchan contra un mundo que las quiere calladas. Te hace pensar en cómo la imaginación puede ser un escape, un arma incluso, para romper cadenas invisibles.
Personajes que Te Llegan al Alma en Soy Frankelda
Los personajes de Soy Frankelda son el corazón latiendo de esta locura. Frankelda no es la heroína perfecta; es una tipa real, con arranques de rabia y dudas que la hacen super relatable. Interpreta su voz Mireya Mendoza, que le da un fuego que quema, mientras Arturo Mercado Jr. hace del príncipe Herneval un galán torpe y vulnerable que te cae bien de inmediato. Pero el que se roba el show es Procustes, el Pesadillero Real, con la voz de Luis Leonardo Suárez: un villano carismático, envidioso y obsesivo que manipula todo por miedo a perder su trono de miedos. No es un malo plano; es como ese jefe tóxico que todos hemos tenido, pero con poderes para robar tus ideas.
La relación entre Frankelda y Herneval es un romance que crece lento, como debe ser, aunque a veces se siente un poquito apresurado. Juntos, exploran temas profundos sin ponerse pesados: la envidia creativa, el poder de las historias para sanar o destruir, y cómo los miedos de la niñez se convierten en combustible para grandes cosas. Soy Frankelda brilla porque estos personajes no son solo dibujitos; reflejan a sus creadores, los hermanos Ambriz, que casi tiran la toalla pero terminaron armando un imperio de sueños en una bodega discreta de la CDMX. Es inspirador ver cómo transformaron sus propias pesadillas en esta obra.
Claro, no todo es color de rosa. Algunos dicen que la historia se enreda demasiado al principio, con tantos elementos volando por todos lados que cuesta conectar emocionalmente. El ritmo es como un tren desbocado: emocionante, pero sin estaciones para respirar. Y las canciones, aunque pegajosas como "El Príncipe de los Sustos", a veces se estiran para lucirse más que para contar algo nuevo. Pero hey, en una película como Soy Frankelda, esos tropiezos son parte del encanto caótico. Es como la vida: desordenada, pero llena de chispazos geniales.
Temas que Resuenan: Sueños, Pesadillas y Creatividad Mexicana
Bajo toda esa fantasía gótica, Soy Frankelda toca fibras que duelen de verdad. Habla de la perseverancia de las mujeres en un mundo que las aplasta, de cómo el rechazo puede encender la chispa más brillante. Francisca adopta el seudónimo Frankelda para publicar sus horrores, y de ahí sale esta aventura donde sus cuentos cobran vida, peleando contra lo genérico y lo aburrido. Es un grito contra la mediocridad: si dejas que las ideas robadas y las envidias ganen, todo se vuelve insípido, como dice un crítico. En cambio, abrazar lo raro, lo personal, es lo que salva reinos enteros.
Para México, Soy Frankelda es un parteaguas. Como el primer stop-motion nacional, pone en el mapa a un montón de talento: de Guadalajara a Puebla, hay gente lista para más. Los Ambriz lo armaron sin presupuestos hollywoodenses, solo con ingenio y "trucos de magia", y eso lo hace aún más valioso. Es una invitación a soñar despierto, a ver que las pesadillas no son solo sustos, sino materia prima para historias que cambian todo. Si estás harto de blockbusters vacíos, esta película te recuerda por qué el cine debe ser un escape, un espejo y un puñetazo al status quo.
En resumen, Soy Frankelda no es perfecta –su caos narrativo puede marearte–, pero su corazón artesanal y su imaginación desbordada la convierten en un must-see. Ve a la sala grande, déjate llevar por el tsunami creativo y sal con ganas de escribir tus propias locuras. Es el tipo de cinta que inspira, que dice "aquí en México también podemos hacer magia", y eso, en estos tiempos, vale oro.

