Mínimamente y esencial, quería
su hora de amor.
Como Dios la suya de creación,
como Luzbel la suya
de maldad.
Unica, que le configuraría, recién,
definitivo. Terminar de hacerse,
clausurar ese estar abierto,
y arriesgado a cualquier
final.
Todavía inmaduro, todavía
mera línea de puntos en proyecto,
todavía
con la indecisa sustancia del origen,
con su boca y sus ojos
sin timón de gustar, y sin imagen,
su hora de amor.
Actual, tardío ya, casi, necesitaba
de esa clara razón contra su absurdo,
ese color de: sí, para saberse,
ese tono de sí, para escucharse,
ese dolor de si, para sentirse.
Más que a su sangre, en hondo
ser y gesto, dentro y fuera de carne,
precisaba
inscribirse con su señal de hombre
inextinguible en la memoria
larga del transcurso.
Desatado a total, alto y rebelde,
cada molécula suya de sentido,
cada aurora de anuncio y de presagio,
eran su hambre y su sed, y eran su aliento
de probarse latiendo en el espejo.
Imprescindible, ningún paso a confín
sería trazado, ni el sonido transmitiría
su presencia,
ni la caricia movería sus alas
sobre la piel caliente, ni lograría sin ella,
desprendido, el aroma maduro de verano;
su hora de amor.
Mínimamente y esencial, que unan
agua y cántaro exacto.
Anda implacable de negación, su barca
encallada, inconmoviblemente.
Porque si era suya,
si con esa promesa lo empujaron a latir,
a crecer y a perpetuarse.
Si fue esa su primera visión indescifrada
y, resignadamente, indescifrable.
Si con esa luminaria lejana deslumbraron
su pupila, todavía de pez.
Si tras ella fue que adivino y hundió a vida
hasta lucha y derrota, y hasta credos
y puños, inservibles.
Si en su alforja, sobre la crin caliente
del chasquido, junto a pan de nutrir,
fue él de mareo,
el de estallido a muerte, sin morirse,
y el amuleto breve, de gozar.
Desde germen informe a exuberancia,
todo en él era selva, ya impaciente de fieras
y de nidos, y de garras y cantos,
y de muertes.
Se sentía, rudo atleta de cumbres, engañado,
en un tren de juguete, y seducido
con un cuento de hadas,
increíble.
Lima viva gastando su costado,
polvo propio mordiéndole la boca, y asfixiado
su grito, como un ave, aterida y sepulta
bajo miedos.
Todavía inconcluso y ya en regreso, su calculado
declinar previsto, en el total
derrumbamiento grande.
Epicentro y montaña sacudida, tierra roja
de cráteres, inescrutable corazón del fuego,
su estallada, fundamental angustia,
voz de volcán y llanto,
que le cumplan.
Trunco mástil sin ala, paso ciego de andar
inencontrado, y un borroso contorno
ese paisaje, vano de hombres, panorama de pájaros
Y piedras, y de árboles muertos,
y su tumba.
Densa atmósfera inerte, dibujada, de impotencias
y añicos. Tentativa de asir, y la imposible
elusión de presencias permanentes,
tenaces, como guardias.
Híbrida estancia,
carne, sueño, mortajas, apetitos,
hora nutrida a saciedad y hartazgo, y todavía,
sin conducta de muerte bajo el beso,
y sin labios, sin dientes
sin saliva, sin la azarosa alternativa; luces,
sombra y luces, y sombra, y luz de nuevo.
Única suya de clamor, la hora
no de gulas ni triunfos, no del arca, ni el mando,
no el poder, no la gloria.
Imperioso, piramidal y ya sobre el bramido,
su exigencia de pie, jugado a todo,
todo a cambio, memorias y futuro,
y su grito:
que deshaga, derrumbe y desmenuce, la fantasmal
hechicería de mundos, y que borre y apague,
asfixie y muera, la esotérica alquimia de cerebro,
y disperse a preantes, rancio caos de orden,
y libere ese enclaustrado ser, de hacer en hombre
en la sola, omnipotente hasta deidad y única,
hora de amor, su hora.
su hora de amor.
Como Dios la suya de creación,
como Luzbel la suya
de maldad.
Unica, que le configuraría, recién,
definitivo. Terminar de hacerse,
clausurar ese estar abierto,
y arriesgado a cualquier
final.
Todavía inmaduro, todavía
mera línea de puntos en proyecto,
todavía
con la indecisa sustancia del origen,
con su boca y sus ojos
sin timón de gustar, y sin imagen,
su hora de amor.
Actual, tardío ya, casi, necesitaba
de esa clara razón contra su absurdo,
ese color de: sí, para saberse,
ese tono de sí, para escucharse,
ese dolor de si, para sentirse.
Más que a su sangre, en hondo
ser y gesto, dentro y fuera de carne,
precisaba
inscribirse con su señal de hombre
inextinguible en la memoria
larga del transcurso.
Desatado a total, alto y rebelde,
cada molécula suya de sentido,
cada aurora de anuncio y de presagio,
eran su hambre y su sed, y eran su aliento
de probarse latiendo en el espejo.
Imprescindible, ningún paso a confín
sería trazado, ni el sonido transmitiría
su presencia,
ni la caricia movería sus alas
sobre la piel caliente, ni lograría sin ella,
desprendido, el aroma maduro de verano;
su hora de amor.
Mínimamente y esencial, que unan
agua y cántaro exacto.
Anda implacable de negación, su barca
encallada, inconmoviblemente.
Porque si era suya,
si con esa promesa lo empujaron a latir,
a crecer y a perpetuarse.
Si fue esa su primera visión indescifrada
y, resignadamente, indescifrable.
Si con esa luminaria lejana deslumbraron
su pupila, todavía de pez.
Si tras ella fue que adivino y hundió a vida
hasta lucha y derrota, y hasta credos
y puños, inservibles.
Si en su alforja, sobre la crin caliente
del chasquido, junto a pan de nutrir,
fue él de mareo,
el de estallido a muerte, sin morirse,
y el amuleto breve, de gozar.
Desde germen informe a exuberancia,
todo en él era selva, ya impaciente de fieras
y de nidos, y de garras y cantos,
y de muertes.
Se sentía, rudo atleta de cumbres, engañado,
en un tren de juguete, y seducido
con un cuento de hadas,
increíble.
Lima viva gastando su costado,
polvo propio mordiéndole la boca, y asfixiado
su grito, como un ave, aterida y sepulta
bajo miedos.
Todavía inconcluso y ya en regreso, su calculado
declinar previsto, en el total
derrumbamiento grande.
Epicentro y montaña sacudida, tierra roja
de cráteres, inescrutable corazón del fuego,
su estallada, fundamental angustia,
voz de volcán y llanto,
que le cumplan.
Trunco mástil sin ala, paso ciego de andar
inencontrado, y un borroso contorno
ese paisaje, vano de hombres, panorama de pájaros
Y piedras, y de árboles muertos,
y su tumba.
Densa atmósfera inerte, dibujada, de impotencias
y añicos. Tentativa de asir, y la imposible
elusión de presencias permanentes,
tenaces, como guardias.
Híbrida estancia,
carne, sueño, mortajas, apetitos,
hora nutrida a saciedad y hartazgo, y todavía,
sin conducta de muerte bajo el beso,
y sin labios, sin dientes
sin saliva, sin la azarosa alternativa; luces,
sombra y luces, y sombra, y luz de nuevo.
Única suya de clamor, la hora
no de gulas ni triunfos, no del arca, ni el mando,
no el poder, no la gloria.
Imperioso, piramidal y ya sobre el bramido,
su exigencia de pie, jugado a todo,
todo a cambio, memorias y futuro,
y su grito:
que deshaga, derrumbe y desmenuce, la fantasmal
hechicería de mundos, y que borre y apague,
asfixie y muera, la esotérica alquimia de cerebro,
y disperse a preantes, rancio caos de orden,
y libere ese enclaustrado ser, de hacer en hombre
en la sola, omnipotente hasta deidad y única,
hora de amor, su hora.

