50 años de las últimas ejecuciones franquistas

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Las ejecuciones de la dictadura franquista marcan un capítulo sombrío en la historia de España, y este 27 de septiembre de 2025 se cumplen exactamente 50 años de las últimas cinco llevadas a cabo por el régimen de Francisco Franco. Este evento, ocurrido en 1975, no solo representa el ocaso de una era represiva, sino también un punto de inflexión que aceleró el fin del franquismo y abrió las puertas a la Transición democrática. Las ejecuciones de la dictadura franquista, dirigidas contra militantes del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota) y de ETA Político-Militar, fueron un acto desesperado de un gobierno ya debilitado, que buscaba reafirmar su autoridad en medio de crecientes presiones internas y externas.

En aquellos días de septiembre de 1975, España vivía un clima de tensión extrema. Franco, gravemente enfermo y a solo dos meses de su muerte, presidía un régimen que enfrentaba oleadas de violencia política. Las ejecuciones de la dictadura franquista se produjeron en tres ciudades clave: Madrid, Barcelona y Burgos. Tres miembros del FRAP —José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz y José Humberto Baena Alonso— y dos de ETA Político-Militar —Juan Paredes Manotas y Ángel Otaegui Echevarría— fueron fusilados tras consejos de guerra acelerados. Estas sentencias, aprobadas pese a las súplicas de clemencia y las manifestaciones globales, simbolizaron la intransigencia final del franquismo, que optó por la represión en lugar del diálogo.

El contexto histórico de las ejecuciones franquistas

Para entender el peso de las ejecuciones de la dictadura franquista, es esencial remontarnos al turbulento final de los años 70. El año 1975 fue el más letal en términos de violencia política durante el tardofranquismo, con 33 víctimas mortales por atentados terroristas de diversos grupos. El régimen, acorralado por la izquierda radical y el nacionalismo vasco, recurrió a medidas drásticas. El 26 de agosto de 1975, el gobierno de Carlos Arias Navarro promulgó un decreto ley sobre prevención del terrorismo, inspirado en la legislación británica contra el IRA. Aunque las penas de muerte ya existían en el código penal, este instrumento permitió agilizar los procesos judiciales, convirtiendo consejos de guerra en "sumarísimos" con mínimas garantías procesales.

El historiador Gaizka Fernández Soldevilla, experto en el Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, destaca en su análisis que estas ejecuciones de la dictadura franquista no solo fallaron en su objetivo de disuadir la violencia, sino que la magnificaron. En su libro "Terrorismo y represión. La violencia en el ocaso de la dictadura franquista", coordinado con otros especialistas, se detalla cómo el régimen ignoró las advertencias internas. Luis Carrero Blanco, asesinado en 1973, había argumentado que fusilar a los condenados crearía "mártires" y complicaría la integración de España en Europa occidental. Sin embargo, Arias Navarro, su sucesor, apostó por un castigo ejemplarizante para apaciguar a las fuerzas de seguridad y neutralizar a la ultraderecha, que acusaba al gobierno de debilidad.

Las víctimas y el impacto inmediato de las ejecuciones

Perfiles de los ajusticiados en 1975

Los cinco ejecutados eran jóvenes idealistas, motivados por la lucha contra la opresión franquista. José Luis Sánchez Bravo, de 26 años, era un estudiante de arquitectura implicado en acciones del FRAP contra intereses militares. Ramón García Sanz, obrero de 24 años, y José Humberto Baena Alonso, de 23, compartían esa militancia antifascista. Por su parte, Juan Paredes Manotas, alias "Txiki", de apenas 21 años, y Ángel Otaegui Echevarría, de 33, pertenecían a ETA Político-Militar y habían participado en secuestros y atentados. Sus condenas, basadas en cargos de asesinato y pertenencia a banda armada, se tramitaron en un contexto de histeria represiva, donde el régimen condenó a once personas en total, conmutando solo seis gracias a la intervención de Franco.

La ejecución de estos militantes no fue un hecho aislado, sino el clímax de una escalada. Desde la garrote vil aplicada a Salvador Puig Antich en marzo de 1974 —el primer fusilamiento tras una pausa de conmutaciones entre 1963 y 1974—, el franquismo retomó las penas capitales con escaso beneficio político. Puig Antich, anarquista catalán de 25 años, fue el catalizador: su muerte no provocó la revuelta esperada, pero sí alertó sobre el riesgo de aislamiento internacional.

Repercusiones internacionales y el fin del régimen

Las ejecuciones de la dictadura franquista trascendieron las fronteras españolas, desatando una ola de indignación global. En Europa, miles manifestaron en ciudades como París, Londres y Roma, con quema de banderas españolas y ataques a embajadas. El papa Pablo VI rogó por clemencia, mientras que gobiernos como el de Francia y el Reino Unido condenaron abiertamente la acción. Esta presión externa, combinada con el deterioro de Franco, precipitó el colapso moral del régimen. Según expertos en historia contemporánea, el franquismo perdió la "batalla de la opinión pública", acelerando la Transición hacia la democracia bajo Juan Carlos I.

En España, las protestas fueron masivas: estudiantes, obreros y clérigos desafiaron la ley marcial impuesta tras los fusilamientos. El decreto antiterrorista, aunque no aplicable retroactivamente a estos casos, simbolizó la desesperación de un sistema obsoleto. Arias Navarro, que buscaba consolidar su poder, vio cómo su estrategia se volvía en contra, fortaleciendo la narrativa de los grupos armados como defensores de la libertad.

Legado en la memoria colectiva

Hoy, 50 años después, las ejecuciones de la dictadura franquista se conmemoran como un recordatorio de los horrores del autoritarismo. Eventos en Madrid y Bilbao reúnen a familiares de las víctimas y activistas, exigiendo justicia histórica. La Ley de Memoria Democrática de 2022 ha impulsado exhumaciones y reparaciones, pero persisten debates sobre el alcance de la reconciliación. Libros como el de Fernández Soldevilla, presentado recientemente en la capital, profundizan en esta etapa, revelando documentos desclasificados que muestran el pragmatismo cínico del régimen: las conmutaciones previas no eran morales, sino tácticas para cortejar a Europa.

La violencia de 1975, con 35 muertos por atentados en 18 meses, ilustra la espiral de terror y contraterror que definió el tardofranquismo. Grupos como el FRAP, fundado en 1971 como alternativa al PCE, y ETApm, escindida en 1974, respondían a décadas de represión. El libro coordinado por el historiador detalla cómo la ultraderecha, desde grupúsculos como el BVE, también contribuyó al caos, culpando al gobierno de laxitud.

En el plano jurídico, los sumarísimos de 1975 violaban estándares internacionales, acelerando la percepción de España como paria. Franco, al conmutar solo a seis de los once condenados, selló su legado represivo. Su muerte el 20 de noviembre de 1975, apenas 54 días después, dejó un vacío que la monarquía aprovechó para impulsar reformas.

Mientras se acercan las conmemoraciones oficiales, voces como la de Amnistía Internacional subrayan la necesidad de educar a las nuevas generaciones sobre estos eventos. En foros académicos, se discute cómo las ejecuciones de la dictadura franquista influyeron en la Constitución de 1978, que abolió la pena de muerte. Investigadores del CSIC aportan datos sobre el impacto psicológico en sobrevivientes, mientras que archivos del Ministerio del Interior revelan la correspondencia diplomática post-ejecuciones.

Finalmente, en conversaciones con especialistas del tema, surge el eco de aquellos días: un régimen que, al optar por la sangre, firmó su propia sentencia. Publicaciones recientes, como las de EFE, mantienen viva la discusión, invitando a reflexionar sobre cómo la memoria histórica fortalece la democracia actual.