En ciencia se piden más proyectos sin más recursos

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En ciencia, el gobierno federal mexicano ha delineado una ambiciosa agenda de innovación para 2026, pero con un presupuesto que apenas mantiene el statu quo, generando preocupación entre expertos y académicos. El Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación (PPEF) para el próximo año asigna al Ramo 38, bajo la tutela de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti), la suma de 34 mil 860 millones de pesos. Esta cifra representa un incremento nominal mínimo respecto a los 33 mil 296 millones de 2025, y ajustada por inflación, se equipara casi exactamente a los niveles de 2024. En ciencia, esta estancamiento presupuestal contrasta con la retórica oficial de transformar a México en una potencia tecnológica, dejando a los investigadores con más obligaciones que herramientas financieras.

La creación de la Secihti a inicios de 2025, en reemplazo del antiguo Conahcyt, generó expectativas de un impulso significativo a la investigación. Sin embargo, en ciencia, los recursos asignados no superan los de administraciones previas, que ya se consideraban insuficientes frente a estándares globales. Según analistas, el gasto en investigación y desarrollo en México ronda apenas el 0.3% del PIB, muy por debajo del 2.4% promedio de la OCDE. Esta brecha se agrava con la nueva Estrategia Programática, que introduce una cartera de proyectos estratégicos sin un respaldo financiero adicional. Estos incluyen iniciativas como Olinia, un automóvil eléctrico de manufactura nacional, o Kutsari, enfocado en semiconductores, que demandarán colaboración entre centros públicos, universidades y el sector privado.

Proyectos estratégicos en ciencia: ambición sin fondos extras

En el marco de esta estrategia, en ciencia se detallan nueve proyectos clave destinados a impulsar el desarrollo tecnológico en sectores prioritarios. Por ejemplo, el fortalecimiento de la cadena de valor del litio busca posicionar a México en la electromovilidad global, mientras que Ixtli propone satélites de observación terrestre para monitorear recursos naturales. Otros esfuerzos, como Apixqui para el manejo climático o Quetzal en drones no tripulados, prometen soluciones sustentables, pero su ejecución depende de recursos congelados. La misión del Ramo 38 enfatiza el fomento de actividades científicas que beneficien al bienestar colectivo, incluyendo la preservación ambiental y el acceso abierto a datos, pero expertos advierten que sin inversión adicional, estos planes podrían diluirse en burocracia.

Un aspecto positivo es el aumento en el gasto de inversión dentro del Ramo 38, que pasa de cero en años anteriores a 423 millones de pesos para 2026. Esta partida se destina mayoritariamente a Centros Públicos de Investigación (CPI), con asignaciones específicas como 50 millones al Centro de Tecnología Avanzada (CIATEQ) o 28.4 millones al Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE). En ciencia, este giro hacia la inversión física —en lugar de solo gasto corriente— podría catalizar avances en biotecnología y energías renovables, pero representa menos del 1.2% del total del ramo. Investigadores del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, por instancia, reciben 28.6 millones para proyectos en biodiversidad marina, un paso adelante aunque modesto.

Presupuesto en innovación: un programa paralelo con límites

Más allá del Ramo 38, el Programa de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación (anexo 12) recibe 160 mil 843 millones de pesos, una cifra cuatro veces superior, pero sin crecimiento real respecto a 2025. En ciencia, este programa canaliza fondos a través de la Secretaría de Educación Pública (SEP), que administra 106 mil 495 millones, un alza del 27% nominal. Subprogramas como el Q007, con 20 mil millones para investigación directa, o becas Elisa Acuña con 46 millones, buscan democratizar el acceso a la educación superior en áreas STEM. Sin embargo, la dependencia de subsidios estatales —55 mil 279 millones— diluye el impacto federal, dejando a regiones marginadas con menos oportunidades en desarrollo tecnológico.

La integración de la iniciativa privada en estos proyectos, como en el manejo integral del sargazo o dispositivos médicos nacionales, podría mitigar la escasez de fondos públicos. En ciencia, alianzas con empresas en cultivos de maíz y frijol prometen avances agrícolas resilientes al cambio climático. No obstante, la ausencia de incentivos fiscales claros desincentiva la participación corporativa, según reportes de asociaciones científicas. El PPEF 2026 también prioriza la soberanía tecnológica, con énfasis en manufactura nacional para semiconductores y vehículos eléctricos, alineándose con metas de la Cuarta Transformación, pero críticos señalan que sin un presupuesto robusto, México arriesga quedarse rezagado en la carrera global por la innovación.

Impacto en centros de investigación y futuro científico

Los CPI emergen como pilares de esta visión, recibiendo el grueso de la inversión física. El Centro de Innovación Aplicada en Tecnologías Competitivas (CIATEC) obtiene 23.8 millones para prototipos industriales, mientras que el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora recibe 29.5 millones para humanidades digitales. En ciencia, estos fondos permiten modernizar laboratorios y adquirir equipo, pero palidecen ante las necesidades: el INAOE, por ejemplo, requiere al menos el doble para competir en óptica cuántica. Académicos del CIDE, con 41.5 millones, destacan la urgencia de presupuestos predecibles para retener talento joven, evitando la fuga de cerebros hacia Estados Unidos o Europa.

La dinámica presupuestal revela tensiones estructurales en el ecosistema científico mexicano. En ciencia, la promesa de "soluciones sustentables" choca con recortes históricos, como los del sexenio anterior que redujeron becas en un 20%. Para 2026, el enfoque en acceso abierto a información científica fomenta la transparencia, pero sin recursos, la generación de conocimiento se estanca. Proyectos como el sistema metaoceánico Apixqui podrían revolucionar la gestión de desastres, integrando datos satelitales y modelos predictivos, siempre que se superen las limitaciones financieras.

En paralelo, el énfasis en humanidades dentro del Ramo 38 busca equilibrar la agenda tecnológica con estudios culturales, preservando el patrimonio intangible. En ciencia, esta inclusión holística —de la astrofísica al manejo del sargazo— refleja una visión integral, pero demanda coordinación interinstitucional que el presupuesto actual no garantiza. Expertos consultados en foros recientes subrayan que, sin un compromiso real de al menos 1% del PIB en I+D, México no alcanzará la autonomía tecnológica soñada.

Como se ha discutido en análisis recientes de medios especializados en política económica, esta asignación presupuestal para el Ramo 38 mantiene patrones observados en ejercicios fiscales pasados, donde la Secihti hereda desafíos del Conahcyt sin herramientas nuevas. De igual modo, reportes de organizaciones académicas independientes han alertado sobre el riesgo de dilución de proyectos estratégicos por falta de fondos, basados en datos del PPEF 2026. Finalmente, conversaciones con investigadores en centros como el CIATEQ revelan optimismo cauteloso por la inversión física, aunque coinciden en la necesidad de revisiones anuales para ajustar a la inflación y emergencias globales.